14.9.09

El retorno

Cinco meses después mis dedos vuelven a tamborilear sobre el teclado de Eristyx. Esto es debido a que mi compañera de aventuras me ha dicho que escribiera de nuevo de modo que eso es lo que he de hacer. Todo un verano y el preludio de éste en el que los pensamientos han elegido brotar a través de silbidos, miradas y suspiros a través del viento. Hasta hoy.

Hoy regreso y lo hago por el mismo lugar, el corredor de almas vacías por el que parto y vuelvo sin saber muy bien a dónde voy ni de dónde vengo. Los bancos en los que me senté tantas tardes de Septiembre como ésta estaban más vacíos que nunca, de modo que los ocupo con mi memoria soñando con volver aunque sólo sea por un instante. Me da tiempo incluso a visitar las tumbas de los enterrados en el recuerdo, pero pronto me doy cuenta de que el motor está en marcha y hay que lanzarse a la carretera de nuevo. Y así hemos rodado otra vez sin mirar atrás.

Es un tiempo confuso en el que el devenir está oculto en la penumbra. Somos ángeles de caras sucias y alas rotas, sin saber a quién guardar. Cansados de la falsedad como aliento, hipócritas palmadas y formalidades vacuas, caminamos sonriendo a la única persona que tiene transparente la mirada. Hastiados de girar dentro del huracán al que no elegimos entrar. Hastiados de todo.

Entonces miramos al cielo y lo imaginamos diferente. Imaginamos que desde otro lejano lugar las nubes son distintas y los pájaros no se alejan cuando te acercas. Nuestros sueños son demasiado grandes como para haber visto cómo se cumplen. Pero estamos aquí y estamos juntos. Y tenemos ilusión, alegría y esperanza, que no derriba todos los muros pero sí los que nos impiden seguir viendo el mar. Y a las olas avanzar decididas para morir en la orilla de la playa.

23.4.09

Regreso a la Carretera

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15.4.09

Muchas felicidades, papá

Esta mañana recuerdo los versos de Marañón que rezan que vivir no es sólo existir, sino existir y crear. Aprender a gozar y a sufrir y no dormir sin soñar; y es que descansar es empezar a morir. Cada día al levantarme concentro todas mis energías en construir mi vida en base a esas palabras. Es curioso porque se produce un paralelismo inmediato con tu reflejo, la liebre que no deja de pedalear ni un solo instante y sirve de guía al resto del pelotón. Así es más fácil, no cabe duda. Escalo hacia la cima sabiendo cómo es el hombre en el que me quiero convertir.

Pero no hay prisa, hay que esperar lo inesperado y dar un paso firme seguido de otro hasta llegar a hacer algo digno de la memoria y así convertirse en una buena persona. Como tú, ya ves, y es que eres bueno hasta cuando nadie te ve, que es lo que hace verdaderamente grande a un hombre.

Justa o injustamente, no creo que el ingenio sea una virtud realmente digna de admirar. Hay mucho ingenio en el mundo. La bondad, sin embargo, suele escaparse como el agua en una cesta de paja, pero a veces, muy pocas, se logra hallar un resquicio de ella ondulando en un cuenco hecho con manos. Si la reconoces es fácil verificar su autenticidad, te mirará a los ojos y sonriendo francamente lo negará todo.

Si, hace tiempo que no te lo digo así que hoy he decidido escribirlo para que no puedas rebatirme como siempre.

Ahora mismo no estás en el lugar que describirías en un sueño y aún así donde muchos se hundirían tú te levantas sonriendo una vez más. Probando de nuevo que cuando la vida te presenta una razón para llorar tú la demuestras que tienes mil razones para reír.

No has cesado ni un instante de enseñarnos a ver nuestra existencia con un poderoso halo de optimismo. Abriendo ventanas como respuesta al cierre de puertas y desterrando excusas a cambio de nuevos proyectos. Toda una vida compartida y cientos de anhelos por cumplir y por los que hoy brindo. Hoy celebro todo aquello grabado en la roca del recuerdo. Hoy lloro emocionado imaginando las colinas aún pendientes de subir, las aguas por nadar y los caminos que recorrer. Levántate pronto, que aún hay muchas vidas que salvar y lienzos que pintar.

Pero te culpo. Te culpo por privarme de la intriga de conocer a lo largo de la existencia a la persona que te graba a fuego en el corazón la auténtica inspiración puesto que ésta guía mi vida desde el instante en el que comencé a vivirla. La he conocido siempre.

Pero tienes suerte porque no es estás solo y puedes compartir la culpa con el peón junto al que avanzas una casilla tras otra. Un peón incansable que no conoce ninguna clase de rendimiento. Una compañera de viaje que jamás se deshará de su toalla. La necesita para secar tu sudor y el de aquellos a los que nos ha enseñado que el amor que empieza con el amor.

Y es que si no tuviera nada más que a vosotros, seguiría teniéndolo todo.

Muchas felicidades, papá.

4.4.09

Memoria de jóvenes airados

Nosotros, que somos los de entonces; los que no tenemos donde; los que siempre hablamos solos...

Nosotros, que no formamos parte, decidimos seguir al margen, viviendo en el alambre.

Memoria de jóvenes airados, vive al norte del futuro y al sur de la esperanza...

Cautivos en reinos conquistados, donde habitan los silencios, donde ya no queda nada.

Memoria de jóvenes airados.

Nosotros, que estamos siempre alerta, marcamos la diferencia sin haceros reverencias.

Vivimos, caminamos sin aliados, amamos como soñamos; soñamos siempre armados.

Memoria de jóvenes airados, de José María Sanz Beltrán.

2.4.09

Fuego misántropo

No recuerdo como demonios he conseguido hacerme con un Flammenwerfer 41 pero ahí está, junto a mi escritorio, rodeado de una pila de libros y un gran montón de ropa sucia. Es un inquietante lanzallamas de mediados del siglo pasado, habitualmente utilizado por los alemanes durante la guerra. Es evidente que el que me encuentro observando en este preciso instante fue utilizado en combate. Está algo oxidado pero creo que se encuentra en perfecto estado. Compruebo los dos tanques y observo que tanto el de líquido inflamable como el de gas comprimido están totalmente llenos. Perfecto. Me agacho y con esfuerzo lo levanto para ponérmelo como si fuera una mochila. Me paso la correa por los hombros y conecto ambos enganches tras rodear mi cintura con el otro extremo. Este Flammenwerfer no llega a los veinte kilos de peso; es algo así como quince menos que el modelo del 35 pero aún así me hace polvo los hombros. Supongo que pronto me acostumbraré a él de modo que me encamino en dirección a la puerta de mi casa. La abro y accedo al rellano. Me temo que no entraré en el ascensor con él así que no me queda más remedio que bajar los cinco pisos a pie. Me armo de ánimo y comienzo a descender por las escaleras. Me es imposible evitar rozar la punta del cañón con la pared y el ruido me recuerda al que hacen los carceleros con su porra cuando atraviesan los corredores de las prisiones. Empapado en sudor logro llegar al porche y tras coger aire lo atravieso con decisión. Un instante después abro la puerta y llego a la calle.

Hace una noche cálida; sobre todo si la comparo con la de hace unos días. Así es como deberían ser todos los crepúsculos primaverales. Si se piensa con optimismo el verano está a la vuelta de la esquina y pronto se podrá salir en camisa aún después de que anochezca. Con paso firme dirijo mis pasos a la vía principal y no tardo en toparme con un grupo de jóvenes. Deben tener en torno a los veinte años de edad y llevan bolsas de supermercado llenas de botellas. Ríen hasta que me ven y se quedan estupefactos por unos instantes. Después de unos segundos uno de ellos brama “¡Ostia, tú! ¡El puto Rambo!”. Su comentario da paso a una serie de carcajadas que escucho mientras conecto el regulador al cilindro de gas y abro levemente la válvula. Cuando huelo esa frangancia inconfundible lo prendo con un mechero de “Mesón Julián”. Al asomar una pequeña llama por la abertura de salida abro totalmente la válvula y apunto en dirección al grupo de chavales. Sonrío y les digo “sayonara”. Un segundo más tarde un chorro infernal es vertido sobre las inocentes criaturas. Toda la calle se tiñe de un amarillo cegador mientras los cuatro cuerpos se retuercen bañadas en un fuego letal. No tardan en pasar a ser simples formas negruzcas que arden con vehemencia y se agitan convulsivamente en el suelo. Toda la acera está anegada por una gigantesca brasa así que decido cruzar. Me arrepiento de haber dicho “sayonara”. Eso no es de Rambo sino de Terminador y aún así me parece poco elegante, la verdad. De camino un coche se para frente a mí y decide pitarme. Craso error por su parte aunque no creo que fuera el detonante de algo que hubiera ocurrido de todos modos. Inundo todo el Opel Zafira con una espectacular lengua incendiaria que lo convierte en una bola rojiza y humeante. Arde durante unos segundos y acaba contagiando de lumbre a los coches aparcados a los lados de la calle. Después sigo andando y llego hasta un quiosco. Tras regocijarme un rato con él me fijo en una pareja de remilgadas señoritas que observan atónitas el espectáculo desde el otro lado de la calle. Corro lo más veloz que puedo en su dirección y proyecto mi torrente purificador sobre ellas. No tardan en consumirse como espantapájaros sorprendidos por un incendio. Mientras observo durante unos instantes como se evaporan en un aliento de cenizas me doy cuenta de que unos pocos metros más allá hay un restaurante de lujo. Nada más llegar a él sale por la puerta un matrimonio vestido de chaqué él y de visón ella. Sonrío y acciono la válvula descargando sobre ellos una lumbre salvaje. Una vez convertidos en una improvisada hoguera me doy media vuelta y llego a un cruce. Al acercarme a él intensifico la salida de gas y disparo en dirección a un motorista, una señora, un joven ejecutivo, un grupo de quinceañeras y un autobús. Tras de mí dejo una llanura plagada de brasas, fogatas y mobiliario urbano en combustión. He traído el infierno a la Tierra y estoy derritiendo con mi brazo mortífero todo cuanto tengo ante mis ojos. Una falla sádica me ilumina la mirada y una columna de humo asciende hacia el cielo.

De pronto, comienza a llegar a mis oídos una orquesta ensordecedora de sirenas. Decenas de coches policiales se dirigen hacia mí. Corro en dirección a la estructura ósea de un edificio en construcción. Tras prender impulsivamente a un mendigo que dormía en la planta baja subo las escaleras en dirección a la segunda planta. No tarda en hacerse una barricada de coches de las brigadas antiterroristas, los GEO, la policía nacional, los antidisturbios y toda patrulla decidida a apuntarse a la fiesta. Me cubro tras una hormigonera mientras escucho las aspas cortantes de dos helicópteros que sobrevuelan el escenario y veo en la lejanía a docenas de hombres uniformados acordonando todo lo físicamente acotable. No tardo en escuchar la voz amplificada del elegido portavoz de todos los cuerpos madereros. Un minuto después me pongo en pie y me pongo dentro de su alcance visual. Me aproximo lentamente al borde y me paro súbitamente. Me instan a tirar el arma y todas esas cosas que la policía suele exigir a aquellos que se encuentran en una situación parecida a la mía en alguna ocasión. Todos ellos se encuentran a escasos veinticinco metros de mi alcance y aún hay al menos tres litros de combustible en el depósito del lanzallamas. Qué otra cosa podría hacer sino abrir la válvula en su totalidad. Un segundo después desato una tormenta de fuego por última vez.

Y me despierto.

Tras incorporarme en la cama miro al lugar en el que estaba el Flammenwerfer 41 un rato antes pero sólo hay libros y ropa sucia. Ha sido todo un sueño, pienso desilusionado. Suspiro. Bueno, eso está bien porque no he quemado a nadie... Supongo.

1.4.09

Patrañas y gordas

Las películas más taquilleras en España ahora mismo son estas: Mentiras y Gordas, Gran Torino y Los Abrazos Rotos. Como en esos juegos infantiles de adivinar cual es el objeto que sobra, yo quito a la película del gran Clint Eastwood. ¿Por qué? Porque es una buena película, claro. Lo lógico es que en este país triunfe un largometraje de la talla de Mentiras y Gordas y sin duda lo está haciendo. En tan sólo tres días de exhibición se ha convertido en una de las películas más taquilleras del 2009.

Que arrase nuestro mayor talento, según la crítica nacional e internacional, el sr. Almodóvar, es algo a lo que estamos acostumbrados. Aunque desgraciadamente (para él) la crítica y el público se está cebando en esta ocasión con su última y pésima cagada, pero bueno eso es otra historia. Lo que hoy me ocupa es esa gran pieza artística orquestada por Alfonso Albacete y David Menkes. Creen haber hecho Trainspotting y lo único que han parido es un desfile de caritas monas salidas de la parrilla de Antena 3 y Telecinco en lo que supone ser la transacción químico-venérea más infantil que se ha hecho en mucho tiempo. Están saltando de alegría, claro. Sabían que la fórmula iba a funcionar pero no creo que esperaran recaudar casi dos kilos de euros en tan poco tiempo. Pero sí, lo cierto es que la combinación de personajes depilados, sabrosos frutos de series como El Internado, Aída, Física o Química, Los Serrano y Los Hombres de Paco, con el siempre efectivo muestreo de culos y tetas y un poquito de presunta temática social en forma de drogadicción y desorden alimenticio, no podía fallar. La cinta en cuestión ha logrado aglutinar a todas las niñas mojabragas, habidas y por haber, dentro de un intervalo que va desde los trece a los veinticinco años. Además, a eso le añades unos cuantos chavales confusos en cuanto a su sexualidad y algún que otro pajillero sin tarifa plana en casa y a por unos cuantos sacos que esto viene rodado.

Nos encontramos frente a una de las películas más petardas, estereotipadas y carentes de guión, coherencia y calidad cinematográfica de la última década. Los responsables de este bochornoso despliegue de surrealismo pretenden vender la idea de que se trata de un fiel retrato de la juventud cuando en realidad es una mera demostración de oportunismo, banalización de los abusos con las drogas e incluso una burla del sobrepeso adolescente. De todos modos, lo que más gracia me hace y por lo que he comenzado el artículo del modo en el que lo he hecho es que la sra. Ángeles González Sinde es una de las personas que están detrás de todo esto. Nada más y nada menos que la presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. No me imagino una representante más digna para nuestro cine, eso he de reconocerlo. Representa nuestra séptima vergüenza mejor de lo que ningún otro individuo podría hacerlo. Tenemos lo que nos merecemos, ni más ni menos, si es que eso es posible.

El cine español, ése que lleva viviendo desde tiempo inmemorial de las subvenciones en nombre de una supuesta cultura que no sólo no aumentan sino que más bien degradan. Una industria en la que impera el mamoneo y el chabacanismo, gobernada por una tropa de catetos y mamarrachos que nadan en la abundancia gracias al dinero público. Su moneda de cambio es la producción de largos infumables que descansan en el olvido una semana después de ser estrenados, excepto aquellos que se topan con la carta comodín y arrastran a las criaturas hormonadas a los cines, como en este caso. Lo peor de todos sabemos cual es la verdad, tanto ellos como nosotros, y es que echando a volar mucho la imaginación, si este mercado fuera realmente justo y no estuviera subvencionado ni existiera ese asqueroso proteccionismo, si fuera un mercado idílico en el que lo realmente bueno triunfara y lo malo cayera por su propio peso, más de la mitad de los que ocupan esas butacas, orgullosamente enfundados en sus trajes de Pedro del Hierro, estarían sacándote tallas en el Zara, sirviéndote un McPollo o detrás de ti en la cola del INEM.

31.3.09

Así están las cosas

Hoy me he dado un paseo de lo más emocionante por la zona de Malasaña y Chueca. Primero he ido a una entrevista de trabajo en una agencia de publicidad. He tenido que esperar media hora sentado en la sala de reuniones así que mientras tanto me he dedicado a observar los muebles baratos, los premios dispuestos en una estantería (todos otorgados por revistas de videojuegos) y el teléfono colocado encima de una silla. Un rato después, tras realizar la entrevista, la señorita que me ha atendido me ha comunicado que es jornada completa, claro, y que el salario sería de 0 euros con posibilidad de ascender a 0 euros durante los primeros tres meses. Luego ya se vería. Alentador panorama. No tengo muchas dudas que formular cuando me lo pregunta así que me intereso por cuanta gente trabaja en la empresa.

─Unos quince, aproximadamente.

─Ah, pero en la Web parecía que había por lo menos el doble, ¿no?

─Si, ya…Pero bueno, ya sabes, desde que empezó la crisis se ha recortado mucho personal.

Claro, claro. Le faltó añadir que por ese motivo se ven obligados a contratar a gente que trabaje gratis. Hay más candidatos así que ya me llamará. Bueno, pues nada, vuelvo a la calle. Tras atravesar una hilera enorme de tiendas vacías y dependientas pegando carteles con nuevas promociones en el escaparate llego a la tienda de ropa de un coleguita, vacía claro, para comprar un par de entradas de conciertos. Las de Rock and Roll/Punk/Hardcore no se venden, las de modernos gafapastas se las quitan de las manos, según me indica. Tras rajar un rato vuelvo a chupar frío y ver como tiendas que antes estaban abiertas ahora lucen desfasados carteles fosforitos con palabras como “Liquidación por traslado” y que suele ser normalmente un eufemismo de “Liquidación por quiebra”.

Al rato paso por un quiosco; en la portada de los periódicos sale Mariano Rajoy. Ayer llamó a la calma, entre otras cosas, en un programa de televisión de TVE. Cuando dejes de hablar como si estuvieras comiendo el chocho a una vieja me calmaré, pienso. Es básicamente un eufemismo de que no tengo razones para estar calmado, se entiende. Sigo andando por una calle repleta de carteles que instan a su alquiler o venta hasta que me topo con una chica que intenta persuadirme para que me haga socio de Greenpeace. Le comunico que ya lo soy; algo que a ella no parece sorprenderle en exceso aunque a mí sí. Después me asomo a un par de escaparates con cosas que me gustaría comprar. El Enanito de la Crisis hace acto de presencia una vez más sobre mi hombro y me dice que siga andando. Le hago caso y llego por casualidad al local textil de la discográfica medio-hundida que me echó por falta de liquidez hace un par de meses. Ya no vende camisetas de Sick Of It All sino que ha sido adquirido por una de esas tiendas de Outlet y todo el suelo está cubierto por cientos de zapatillas, sandalias y zapatos varios. Por el hilo musical suena una canción triste.

Pues sí, es una canción bastante triste.

30.3.09

Palabras en el viento

Hay veces en las que comienzo a pensar en algo y luego encadeno ese pensamiento a otro y luego a otro y así sucesivamente hasta que acabo en un lugar remoto que ni tan si quiera guarda relación con la primera reflexión. Después me gusta jugar a seguir la cadena en sentido inverso para ver si soy capaz de llegar de nuevo al principio y dar así con el primer razonamiento. Supongo que es algo que le pasa a mucha gente.

Ayer, antes de conciliar el sueño de madrugada, llevé a cabo esta actividad mental pero no conseguí dar con el primer pensamiento cuando deshice el camino. Lo que sí recuerdo es cual fue el último y no sé si guardará algún tipo de relación pero no he conseguido dormir profundamente en toda la noche. Mi último gajo especulativo fue Patricia. No la Patricia que ocupa constantemente mis pensamientos, sino otra muy diferente y que hacía mucho tiempo que no se paseaba por mi mente.

Patricia, durante todo el tiempo que la conocí, no fue tratada como Patricia sino con infinidad de motes de la más distinta índole. Sin embargo yo prefiero recordarla por su nombre, que es mucho más bonito, la verdad. La cuestión es que fue a mi clase en el colegio durante toda mi infancia y aunque no la llegué a conocer mucho sí recuerdo algunas anécdotas de esas que hacen más dulce la memoria de aquellos días.

En una ocasión un profesor que iba de enrollado, pero que en realidad no lo era nada, acabó la clase diciendo que al día siguiente dedicaríamos toda la hora a hacer experimentos. Patricia y yo nos tomamos la palabra ‘experimentos’ al pie de la letra en base a lo que esa palabra significaba dentro de nuestra cabeza. De modo que yo aparecí al día siguiente en clase con una bolsa llena de enseres tales como una calavera de yeso, varias velas, cerillas y diversos potingues metidos en probetas que cogí prestadas del laboratorio de mi madre. Patricia tuvo una idea mucho mejor y trajo el ingrediente que pensó que sería el más original de todos. No se equivocó. Decidió meter en una bolsa de supermercado la mierda de su perro y ni corta ni perezosa la depositó encima del pupitre. Cuando el profesor, que también era el psicólogo del colegio, entró por la puerta se encontró un arsenal de velas encendidas sobre mi mesa y una cagada canina encima de la de Patricia. Entonces comenzó a escupir alaridos y blasfemias varias y de este modo comprendimos que no eran esos los experimentos a los que se refería. Así que nos obligó a retirar todo nuestro material de trabajo y abrir los libros por alguna página en concreto. El desecho perruno fue tirado a la papelera pero la clase olió a mierda durante todo aquel día.

No recuerdo el día ni el mes que me llamaron para decirme lo que había pasado pero antes de escribir acerca de aquello es necesario que cuente que antes de acabar la E.S.O. los adinerados padres de Patricia la metieron en un internado. No es que fuera la mejor estudiante del mundo y un centro de ese tipo era sin duda la solución más idónea para sus problemas. O eso es lo que pensaron ellos, claro. Lo cierto es que nunca les llegué a conocer puesto era su gigantesca abuela la que siempre fue a buscarla al colegio. Un tiempo después de que comenzara el curso en aquel internado me comentó que le gustaba y que además pasaba todos los fines de semana en casa. A mi me pareció bien, claro. Una tarde de un viernes de hace nueve años el coche de su hermano, que había ido a buscarla, se salió de la calzada e impactó contra un muro. Ella logró salir del amasijo de hierros por su propio pie pero murió poco después.

Ayer se produjo una conexión en mi cerebro que me llevó al recuerdo de Patricia metida en una cabina telefónica para impedir que unos amigos y yo la lanzáramos las bolas de nieve que sosteníamos en nuestras manos. La recuerdo chillando con ese ensordecedor agudo que poseía y riendo sin parar. Lo cierto es que antes yo creía a ojos cerrados en la vida después de la muerte y ahora más bien me embarga la confusión al respecto. Intentó lidiar una batalla constante con la lógica para no caer en el agnosticismo. Quiero creer que el viento es capaz de llevar hoy mis palabras a Patricia.

29.3.09

Las cosas pequeñas

«Se diría que el año entero se agazapaba, como un animal muy pequeño, esperando la llegada del sol del verano, que abría entonces las ventanas de la casa y traía todos los sonidos de fuera, que para ella eran siempre mejores que los sonidos de dentro. Se agota la vida de todas las cosas cerradas, y crece sola la vida de todas las cosas de fuera. Y por eso crecen las cosas pequeñas durante los largos veranos, porque se abandona lo propio. Como en la casa de la abuela, cuando la abuela vivía, y los murciélagos daban vueltas y vueltas a la única farola de la plaza de Soto del Real, que ahora es un pueblo con una cárcel, pero que entonces era sólo un pueblo de la sierra madrileña, sin cárcel, con niños pegados a una farola que atraía a los murciélagos que atraían a los niños, que la atraían a ella, como atraen las cosas que no son nuestras, las cosas que se escapan y que sin embargo podrían atraparse, como atrapaban los niños, alguna vez, un murciélago, con una bengala y una bolsa de basura. Ahora, pasado el tiempo, imagina, como imaginan todas las chicas de su edad, o de cualquier edad para el caso, los brazos de un hombre alrededor de su cuerpo y una paz que le permita dormir toda la noche hasta la mañana siguiente.»

Virginia se enamora, de Ray Loriga.

27.3.09

Thrash, embarazadas y batidos de fresa

El otro día entreviste a Peter Dolving de la banda sueca de Thrash Metal, The Haunted. Comimos patatas bravas, tacos de ternera, braseado de verduras, croquetas, nachos con queso y batidos de fresa a cargo de Century Media. Bueno, sobre todo lo hizo él. Además, nos echamos muchas risas y hablamos de cosas como que los profetas del metal son unos soplapollas, que el metalcore moderno es una basura, que aquellos metaleros que se maquillan son unos sarasas que te rilas, que hay que descargar gratuitamente música sólo de los grupos que pertenecen a multinacionales y que como Barack Obama no se ande con cuidado le harán bang bang y a otra cosa. Eso sí, el diálogo que más gracia me hizo fue el siguiente:

─¿Qué opinas sobre el deathcore?

─No quiero hablar sobre el deathcore.

─Así que lo odias.

─Vale, ya has manipulado bastante.

─Bueno, bueno y ¿qué te parecen Forever It Shall Be?

─¿Quién?

─Forever It Shall Be.

─¿Quién cojones son esos?

─Joder, con los que tocáis esta noche.

─Ah, no me digas.

─¡Pero si están de gira con vosotros durante unas cuantas fechas!

─Y yo que sé. No tengo ni idea de quien son ni he oído nada de ellos. Me alegra tocar con Forever It Shall Be, de hecho a lo mejor les veo algún día de estos pero cuanto más lejos esté de las salas, mejor. Ya me ves, aquí estoy comiendo cosas ricas contigo y tan contento. En Suecia vivo en el bosque. Me gusta la tranquilidad y ya no voy a conciertos, ni clubs ni ninguna de esas putas mierdas. Los que van a garitos son gente desesperada y triste. Yo fui así en su día hasta que me dije, joder, soy viejo, tengo cuarenta tacos. Monté mi primer concierto cuando tenía 14 años y yo hice que la escena hardcore, punk y hip hop naciera en Gotemburgo. ¡Yo hice que eso pasara! Tenía otras motivaciones diferentes… Ahora mismo prefiero hacer algo realmente productivo como escuchar y escribir música, redactar artículos, estar con mis amigos y tener buenas conversaciones. En una discoteca no puedes hablar, tan sólo emborracharte y acabar haciendo cosas como acostarte con una embarazada y eso está mal.

─¿Está mal?

─Sí, supongo que sí.

26.3.09

Un encuentro inesperado

El sol desciende lentamente y la arena comienza a convertirse en azafrán. Mis pies se hunden más de lo normal, o eso me parece a mí, mientras me encamino hacia la orilla. En las playas la gente siempre va hacia al mar, como los cangrejos. Lo bueno de la arena gruesa es que ningún grano se parece a otro y muchos de ellos resultan ser conchas diminutas. Para los padres lo bueno que tiene es que sus hijos les manchan menos el coche cuando regresan a casa.

A estas horas ya queda poca gente: varios grupos aislados de personas que conversan o lamen un helado, hombres solitarios, alguna anciana luciendo un pareo colorido y algún tipo de esos que buscan monedas, joyas y relojes enterrados en la arena con aparatosos detectores de metales.

Justo antes de atravesar la última duna me topo con un niño que aparenta tener unos tres años de edad. Sus carrillos rollizos están bañados por lo que parece haber sido un largo día de juegos bajo el sol. Sus tirabuzones dorados refulgen con los últimos rayos y va vestido con una camiseta roja estampada dos tallas por encima de lo que sería lo apropiado. Parece divertirse junto a unas canoas blancas de las que sube y baja constantemente, cubre con arena y en definitiva, hace partícipes en una fantasía que solo él conoce.

Disimuladamente me acerco y a escasos metros de él me siento en la arena a contemplar el mar. Al rato se percata de mi presencia y se me queda mirando así que decido decirle hola. Curioso, me devuelve tímidamente el saludo y le invito a sentarse a mi lado. Tras vacilar unos instantes decide aceptar la invitación y juntos contemplamos a un velero que se aleja cruzando lentamente el horizonte. Me ha reconocido del mismo modo que yo le reconocí a él nada más verle. Él parece algo más confundido pero ninguno de los dos sabemos por qué motivo nos hemos encontrado.

Al cabo de unos minutos en silencio él interviene haciendo un comentario acerca de que tengo bastante buen aspecto pero que esperaba que llegara a ser un poco más alto. Le respondo que al menos no soy un querubín atocinado como él. Después me pregunta acerca de cómo va a ser su vida. Esa es una interrogación difícil de contestar pero le digo que va a ser intensa y feliz. Sonríe porque eso es lo que quería oír. Sin embargo su curiosidad no cesa así que intento saciar su interés diciendo que en todo ese tiempo va a crecer y conocer mucha gente diferente que va a ir desfilando ante sus ojos como si de una pasarela se tratase. Entraran por la puerta y un tiempo después se marcharán dejando atrás una estela de bonitos recuerdos. Eso le entristece así que añado que a lo largo de los años viajará y llegará hasta lugares increíbles, aprenderá a amar, se emborrachará de cerveza y conocimientos, leerá libros que recordará toda su vida, tendrá muchas mascotas y vivirá experiencias que ahora es incapaz de imaginar. Como era de esperar le llama atención lo de las mascotas así que le cuento que cuidará de un ratón, varios peces, un par de tortugas, unos cuantos periquitos, muchos gorriones, lagartijas, ermitaños, sapos, langostas y demás insectos. Sus ojos se abren emocionados de modo que le digo que en realidad habrá otras cosas con las que vibre más aún pero que ya las irá descubriendo poco a poco. No obstante, también le digo que no va a ser un camino fácil. Va a ser tremendamente sinuoso y tendrá que atravesar la espesa selva de la adolescencia. Se equivocará muchas más veces de las que acertará. La soledad le aplastará en algunos momentos y aprenderá a gozar y a sufrir por igual. Le traicionarán una y otra vez, se sentirá perdido, le ahogará la confusión y algunos de sus seres queridos se irán para siempre, aunque el río seguirá corriendo en dirección al mar. Entonces me pregunta si debe tener miedo y no sé muy bien qué responderle. Debe tenerlo, sí. Será su mecanismo de autodefensa para protegerse de errores irreparables pero también deberá estar totalmente seguro de sí mismo, procurando arrepentirse de haber hecho según que cosas, pero jamás arrepentirse de no haber hecho otras. Tras decir esto asiente sin decir nada y un instante después señala una gaviota que alza el vuelo cerca de nosotros. Ésta se aleja rasgando vocales con el pico como si fuesen pequeños cangrejos. Un momento después me giro de nuevo hacia él pero ha desaparecido. Desconcertado me levanto y compruebo que se ha ido de verdad. Sonrío y me alejo despacio de allí. Es curioso, pensé que era yo el que estaba de visita.

25.3.09

Naturaleza antinatural

Todo lo que concierne a los zoológicos y parques biológicos es bastante contradictorio. Los responsables de estos lugares de exhibición animal defienden su preocupación por animales pero sin embargo enseñan al público la teoría de que es aceptable interferir en la naturaleza. Se crean hábitats simulados de reducido tamaño en los que los animales se tumban a contemplar aburridos a cientos de humanos que disparan constantemente los flashes de sus cámaras y golpean con fruición las mamparas que les separan del mundo real.

He de reconocer que yo disfruto enormemente en estos lugares ya que no podría ver todas esas especies si no fuera yendo a este tipo de recintos. No soy menos imbécil que todos los demás, de hecho puede que en este aspecto lo sea más que la mayoría. Sin embargo, cuando miro a los ojos de un lince encerrado en una de esas jaulas de cristal, privado de todo control sobre sus vidas y tan lejos de donde debería estar, se me encoje el alma.

A pesar de todo, ayer fue un gran día porque Pat me invitó a sumergirme en una Faunia completamente vacía de personas (¡Gracias Pat!). Los martes son el día que el parque permanece cerrado al público así que no se nos ocurrió un mejor día para ir. De modo que cogimos la cámara y esto es lo que captó:

23.3.09

El intercambio

Era bastante gorda. Más gorda de lo necesario para ser humillada por sus compañeros e ignorada por sus compañeras. Era lo que se entiende comúnmente en el círculo escolar, una marginada. A parte de su obesidad ya mencionada, tenía marcas de acné que le salpicaban la cara, estrabismo mitigado por unas gafas rosas de pasta, el pelo ondulado y corto y una peca sobre el labio superior que mientras que a algunas chicas les hace sexys a otras les afea más todavía. Se sentía desgraciada y lo cierto es que visto este panorama es bastante comprensible. La adolescencia es un camino marcado por el complejo y si tienes razones de peso, como en este caso, la cuesta se hace mucho más empinada todavía. No obstante, hay que reconocer que tenía una entereza de la que no podían presumir la mayoría de niñas de su edad. Había que sacar pecho, lo que para ella suponía una gran cantidad de carne, y echar para adelante. Por cierto, se llamaba Ania, aunque todo el mundo la llamaba Morci así que poco importa.

Raúl ya estaba en tercero de carrera. No había repetido ni un solo curso y todo apuntaba a que se sacaría la carrera del tirón. En realidad ni si quiera estaba seguro de que Filología Hispánica era lo que quería hacer así que más que por ser un chaval aplicado las cosas iban así por mera inercia. Lo cierto es que su mayor motivación era el sexo y eso que apenas lo practicaba. De hecho, se había acostado con dos mujeres. Tres si contaba a una prostituta subsahariana pero es un episodio que prefería relegar al capítulo de los polvos a olvidar. Le hubiera gustado comentar sus temores e inquietudes con sus compañeros o amigos pero por vergüenza prefería recurrir a la habitual ficción construida mediante la multiplicación por tres. En cuanto a sus dos trofeos reales, el primero respondía a una gótica de nariz aguileña que conoció una noche en un garito más ruidoso que atractivo. Es un poco triste reconocerlo pero sentado en uno de los retretes de aquel siniestro bar perdió la virginidad. Quizá por eso no se lo ha reconocido a nadie nunca. Su segundo y último trofeo, obviando a la prostituta subsahariana, fue Penélope. Con ella salió durante nueve meses y no estuvo mal. Al final fue ella la que le dejó debido a su pasividad vital. Raúl no entendió muy bien a qué se refería cuando expuso tal motivo de ruptura pero supuso que tenía razón así que no objetó nada al respecto. Desde entonces su obsesión había sido acostarse con el mayor número de chicas posibles pero simplemente no tuvo la oportunidad de hacerlo con ninguna.

Un día Raúl y Morci coincidieron por azar en la cola de un puesto de venta de entradas de espectáculos. A ella se le cayó un jersey y él se agachó a recogerlo así que empezaron a hablar. Sin saber muy bien cómo y a pesar de las evasivas de Morci, quedaron la tarde del día siguiente para tomar un café. Como es lógico a él no le atraía nada sexualmente hablando, pero le pareció simpática y quizá tuviera amigas guapas. Morci estuvo a punto de dejarle plantado pero finalmente se presentó a la cita, aunque llegó treinta minutos tarde. En vez de tomar un café decidieron pedir vino tinto y sin darse apenas cuenta se emborracharon como si nunca antes lo hubieran hecho. Simpatizaron bastante aunque seguramente fue debido al alcohol más que a la compatibilidad de caracteres. De hecho, simpatizaron tanto que horas después estaban quitándose la ropa el uno al otro en la habitación de Raúl. Era la primera vez de ella y la primera vez con una gorda de él. Un aluvión de nuevas sensaciones se descargó sobre los dos cuerpos mientras éstos se agitaban frenéticamente. Fue el mejor polvo de la vida de ambos: el de Raúl porque sentir tanta carne aprisionándole le descubrió un terreno tan increíble como placentero y el de Morci bueno, es evidente.

Pasó el tiempo y Raúl y Morci incrementaron sus encuentros de modo que empezaron a salir juntos poco después. Al principio a escondidas y finalmente a ojos de todos. El contraste no era abismal puesto que Raúl tampoco es que fuera especialmente agraciado y la atracción era mutua así que lo demás en realidad no importaba lo más mínimo. Las mofas fueron una constante en la nueva vida de Raúl junto a una gorda pero a él le resbalaron todas y cada una de ellas, se había enamorado.

Llevaban juntos un año y dos meses cuando Raúl se despertó una mañana acompañado de una resaca tremenda. Al girarse para dar un beso de nuevos días a Morci se encontró con alguien que desde luego no era Morci. En lugar de la gran masa de carne que ocupaba esa parte de la cama la noche anterior había una chica delgada, desnuda y aparentemente bella. Al contemplar su rostro se dio cuenta de que se parecía muchísimo a su novia pero había una ausencia de al menos cincuenta kilos que confirmaban que no era ella. Entonces la misteriosa chica se despertó y al verle comenzó a gritar. Sobresaltado se echó para atrás y ella comenzó a correr en dirección al pasillo. Después se sucedió un portazo que Raúl intuyó que fue producido por la puerta del baño. Entonces, absolutamente confuso, se miró los genitales pero no pudo verlos porque estaban tapados por una barriga peluda de dimensiones dantescas. Azorado se levantó con dificultad y se contempló en el espejo del armario. Era una columna grasienta con su cara pero que rezumaba excesos de sebo por todos los rincones de su cuerpo. Extremadamente aturdido se sentó en la cama y no tardó en darse cuenta de que por algún motivo sobrenatural los papeles se habían intercambiado.

Le costó un gran trabajo pero no le quedó más remedio que acostumbrarse a su nueva estructura adiposa. Acudió a decenas de especialistas, nutricionistas, endocrinos, dietistas y psiquiatras pero durante todo ese tiempo no volvió a ver a Morci. Intentó ponerse en contacto con ella pero Morci, que ya no era Morci sino Ania, siempre se las ingenió para evitarle limpiamente. Raúl era incapaz de comprender nada y eso le condujo a la locura. Mientras tanto, Ania rehizo su vida y fue la chica que siempre había querido ser. Conoció la popularidad y se acostó con todos los chicos populares que se cruzaron en su camino. Básicamente se convirtió en una chica popular.

Una noche Raúl, que ya no era Raúl sino Gorilo, irrumpió en el piso al que ella se trasladó meses después de desaparecer de su vida. Le abrió su compañera de piso y antes de que pudiera preguntarle qué quería la noqueó con un fuerte golpe en la sien. Un minuto después abrió la puerta de la habitación de Ania y allí estaba ella tumbada en la cama, fumando hachis medio desnuda junto a un chico al que él no conocía. Nada más verle Ania palideció, se incorporó bruscamente y comenzó a gritarle.

─¿¡QUÉ COÑO HACES AQUÍ PIRADO DE MIERDA!?

─Yo que tú me iría.─Dijo señalando al chico mientras sacaba de una mochila la vieja pistola automática Ruby de su abuelo.

El chico se levantó apresuradamente y sin llevarse nada se dirigió a la puerta mientras Gorilo se hacía a un lado. Ignorando los gritos de Ania cruzó el pasilló y, tras saltar por encima del cuerpo inconsciente de la chica derribada, se esfumó.

─He venido a matarte porque no eres una buena persona.

─Pero qué dices maldito…

Antes de que Ania pudiera acabar la frase Gorilo descargó cuatro cartuchos sobre su bonito cuerpo. Al fin y al cabo la información que se disponía a aportar no tenía pinta de ser especialmente reveladora. Seguramente hubiera sido ‘cabrón’, ‘hijo de puta’ o una vez más ‘pirado’. Ania, o mejor dicho Morci, le gustaba pero no precisamente por su desbordante dialéctica. En cualquier caso ya no había mucho más que hacer allí. Y con allí se refería a allí en términos generales. De modo que Gorilo miró a la mesa, cogió el medio bollo de chocolate que había sobre ella, se lo metió en la boca, lo masticó bien y tras tragarlo satisfecho se encañonó y apretó el gatillo.

22.3.09

Legado melómano

Ayer me topé con un chaval de unos once años que vestía un chándal del Decathlon y llevaba gafas de pasta. Iba acompañado por su madre aunque no le hacía mucho caso. Miraba al frente sin fijarse en nada en concreto mientras entonaba una canción. La letra rezaba “If you wanna be my lover, you gotta get with my friends”. No cabía duda, se trataba de la conocida ‘Wannabe’ de las Spice Girls. Eso me hizo pensar.

Creo recordar que las cinco pijillas pelandruscas pegaron el pelotazo a mediados de los noventa. A través de una estudiada estrategia de marketing se diseñó un grupo de música femenino en respuesta al éxito que estaban cosechando las boy bands en aquella época. Se inventó básicamente una máquina de hacer dinero y resultó ser una auténtica revolución juvenil. Records en ventas de discos y merchandising. Algo que, desde luego, nunca más volverá a ocurrir. Las fotos de las chicas picantonas forraron las carpetas y paredes de las habitaciones de millones de pequeñas occidentales capitalistas.

La hermana mayor del inocente coleguita que me encontré en la calle fue una de esas niñas. Un día fue a comprarse un disco llamado “Spice” a la sección de música de Galerías Preciados e incluso antes de que su madre comenzara a engendrar a su hermano, ella ya estaba cambiando su vida para siempre. Como todas sus compañeras de clase ella eligió a su Spice preferida. La que más le gustaba era Geri, la líder del grupo; parecía tan segura de sí misma... Recortó todas sus fotos aparecidas en la Vale y la Super Pop y se masturbó por primera vez con “Naked” de fondo. Más tarde creció y empezó a prestar más atención a Robbie Williams. Muchas veces hasta fantaseó con él. Sus viejos discos de las Spice Girls reposaron en la estantería y el polvo sustituyó a las yemas de sus dedos.

Una tarde de Marzo de 2009 un niño entró en la antigua habitación de su hermana. Ella ya no vive en casa, se fue a Bilbao con su novio barbudo. Fisgoneó un rato y encontró fotos con sus amigas de catequesis, bragas con olor a suavizante, libros de ‘El barco de vapor’ y algunos discos. Uno de ellos resultó ser “Spice” de las Spice Girls. Ya había oído hablar de ellas antes pero nunca se había detenido a escucharlas. Lo coje y se va a su habitación. Le fascina la canción que abre el disco así que la escucha una y otra vez; después el disco entero y más tarde “Wannabe” una vez más. Después su madre le llama para ir a mirar un jersey de cuadros muy bonito en el Corte Inglés. A regañadientes accede y caminan bajo el sol mientras él no puede parar de repetir en su cabeza esa pegadiza melodía.

Un futuro está por llegar. Puede que compre la Loka Magazine de vuelta a casa y quizá llegue para el final del programa del 40 al 1 de los 40 Principales. Gracias al Emule y la nueva conexión de ADSL se bajarán rápidamente los discos de El Canto del Loco, Melendi y Kate Perry, aunque le gusta más la música en castellano porque la entiende. Más tarde grupos de música que aún no existen llenarán la memoria de su Ipod y con un poco de suerte su madre le dejará ir a ver a La Sonrisa de Julia en las fiestas del pueblo el próximo mes de Junio.

La zorra de su hermana podría haber dejado un disco de los Beach Boys, Eric Clapton o Simon & Garfunkel pero no, tuvo que ser uno de las Spice Girls.

18.3.09

Los capullos, las zorras y las mariconas

«Hay tres clases de personas, los capullos, las zorras y las mariconas. Las zorras creen que todos podemos llevarnos bien y a los capullos les gusta joder sin pensárselo. Después, están las mariconas. A las mariconas lo que más les gusta es cagarse en todo. Y las zorras se cabrean con los capullos de vez en cuando porque a ellas les joden los capullos, porque los capullos también joden a las mariconas y si no jodieran a las mariconas, ¿sabes qué pasaría? ¡Que los capullos y las zorras nos quedaríamos cubiertos de mierda! El problema de los capullos es que a veces joden demasiado o joden cuando no viene a cuento y necesitan una zorra para que lo entienda. Pero otras veces las zorras se cubren tanto de mierda que también se convierten en mariconas ya que las zorras sólo están a un paso de ser mariconas. Si no jodemos a las mariconas que tenemos que joder, acabaremos todos, capullos y zorras y cubiertos de mierda.»

Team America, de Trey Parker

17.3.09

Publicidad engañosa

─Pongamos un ejemplo…Coca Cola.

─Ya estamos. Parece que no hubiera otra puta marca en el mundo.

─Pues a mí me encanta la publicidad de Coca Cola, me parece que es la mejor que hay.

─¿Como cual? Dime una de las últimas campañas que ha hecho que de verdad te guste.

─Yo que sé, la de los ochenta, por ejemplo.

─¿La de mi generación, esa que vio jugar a Maradona y rebobinaba las cintas con un boli? Treintaytantos, creo que se llama.

─Joder, vaya castaña sentimentalista. El anuncio en sí me la suda un poco pero es que el cierre es una cagada. Cuando los guapitos de catálogo de Massimo Dutti se meten en el bar y piden cuatro Coca Colas. ¿Pero desde cuando van cuatro tíos a un garito y piden cuatro Coca Colas? Si fueran Light todavía colaría por el rollo de la metrosexualidad y todas esas mariconadas pero bueno, dejemos eso a un lado. Lo principal es el remate final: No bebemos para disfrutar, bebemos para olvidar. ¿Somos tontos? ¿Cómo cojones vas a beber para Coca Cola para olvidarte de una puta mierda? Como no la mezcles con un buen chorro de whisky jodido lo tienes, desde luego. McCann y el absurdo.

─Vale, vale, ¿y qué me dices de la última? La de ‘Estás aquí para ser feliz’.

─De nuevo el veneno gaseoso recurriendo al sentimentalismo pegajoso. Si en la anterior se esforzaron por sacar la lagrimilla a los treintañeros nostálgicos en esta ocasión el target es el público femenino sin lugar a dudas, Ayyy, qué mono el abuelito…Que sí, la idea es bonita, tampoco voy a negar eso. El rosa debería ser en realidad el color corporativo de Coca Cola.

─Mira, yo lo que haría es ir al hospital ese y según saliera el vejete por la puerta entraría en la habitación y le diría a la madre, trae, trae al crío, que le tengo que contar un par de cosas. Básicamente le diría… lleva cuidado colega, que el abuelete chochea un poco y ya se le han olvidado unas cuantas cosas. Hay que reconocer que se conserva bien pero se le ha pirado decirte que esta vida es muy perra. Y sí, es cierto que el tiempo pasa rápido que te cagas pero durante ese segundo te van a pasar una puñeta detrás de otra. No son coincidencias, son putadas. Todos aquellos que te rodean te van a intentar dar por culo de cien maneras distintas y olvídate de recibir un ‘gracias’ por muy bien que lo hagas. Estás aquí para subsistir y pasarlas canutas mientras tanto. Que no te engañen Yupi y Astrako, que luego pasa lo que pasa. Te sale un melanoma o un borracho te arrolla con su BMW un día en la M-30 y tu te preguntas ‘por qué a mi’, como si las desgracias de este mundo mezquino y cruel no fueran contigo. Así que no te creas mucho al chaval arrugado, que además ha venido hasta aquí del pueblo porque los de una marca de refrescos le han pagado un buen pico. Y bien que ha hecho porque con esa pensión de mierda no le da ni para comprar caramelos a su nieto. En cualquier caso…Estás aquí para apañártelas lo mejor que puedas, y que no te cuenten monsergas.

─Y además, la verdadera culpable de la resaca gástrica es la Coca Cola, y no el alcohol. ¡Fíjate lo que es capaz de hacerle a un filete!

16.3.09

Laguna mental

─Bueno, ¿entonces no recuerdas lo que pasó?

─No joder, ya te he dicho cuarenta putas veces que tengo una laguna bastante profunda en todo lo que respecta a ese fin de semana.

─¿Te diste un golpe en la cabeza o algo así?

─Más bien creo que es debido a la siempre estimulante mezcla de sexo, drogas y Rock and Roll...O algo parecido.

─Supongo que sobre todo lo segundo, ¿no?

─Psé.

─Bueno, repasemos mis notas. Tengo, así a grandes rasgos, una serie de anotaciones inconexas que has logrado murmurar a lo largo de las tres horas que llevamos aquí sentados. A ver, tengo calimocho...

─Kalimotxo.

─Si bueno, vino peleón y Coca Cola, ¿no?

─No, no.

─Además, balbuceaste algo acerca del término... costreo. ¿Podrías explicarte un poco?

─Mira, consígueme un Ibuprofeno y te explicaré los flashes que centellean en mi cabeza. Me pitan los oídos lo cual quiere decir que estuve expuesto a guitarras y berridos, no cabe duda. Mi camiseta está estampada con una alegre combinación de manchas de cerveza, vino, whisky, chinas, barro y...algo rojo que no sé lo que es, pero dudo mucho que se trate de tomate frito. Huelo como si alguien se hubiera comido al caniche de la gorda de mi vecina y lo hubiera cagado después. Por lo demás...¿Dónde está mi Ibuprofeno?

─Aquí lo tienes.

─Bien, escucha atentamente porque sólo lo contaré una vez. Después me sumiré en el más profundo de los sueños y tu cerrarás tu boquita de una puta vez. No estoy muy seguro de si esto es lo que ocurrió pero es lo único que soy capaz de recordar:

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14.3.09

El partido de Eudy

A pesar de todo, Eudy era feliz. Es cierto que siempre soñaba con ir a Europa y pasear durante algún atardecer por los jardines del palacio Belvedere en Viena, pero podía considerarse afortunada. Su vida siempre careció de una motivación particular hasta que un día la invitaron a jugar aquel partido. Una mañana de Mayo pasó junto a una explanada de tierra a las afueras de Igoli. En ella estaban jugando un partido de fútbol un grupo de chicas algo mayores que ella. No tenía ningún otro plan así que se quedó mirando como se pasaban la pelota las unas a las otras. De pronto una de ellas se hizo daño en el pie y tuvo que sentarse a descansar. Entonces la que parecía ser la líder del grupo pegó un grito a Eudy para invitarla a jugar y así sustituir a la lesionada. Sorprendida accedió y sin saber cómo, marcó un gol impresionante. Todas la felicitaron y ella se sintió pletórica. Sudando como nunca antes lo había hecho comprendió que eso es lo que quería hacer el resto de su vida.

Tenía un talento innato y cuando corría con el balón quedaba claro que había nacido para jugar al fútbol. Sin embargo, su familia nunca la apoyó. Su madre despreció la pasión de Eudy desde el primer momento alegando que eso no era una actividad propia de una buena mujer. Su padre la pegó muy fuerte el primer día que llegó a casa con una herida en la rodilla debido a una caída jugando. Desde ese momento aprendió a taparse y desinfectarse las rozaduras de forma que nunca más volvieran a descubrírselas en casa. La oposición de sus padres hizo que se planteara seriamente si debía seguir por ese camino pero por una vez, hizo caso a su corazón.

Un tiempo después logró entrar a formar parte del equipo Banyana Banyana, uno de los más importantes de Sudáfrica. Cuando se lo comunicaron frente a un campo de fútbol vacío, una lágrima atravesó su rostro como si fuera una estrella fugaz surcando la noche. Ésa fue la primera vez que Eudy lloró de alegría.

Las mentiras cesaron el día en que comenzó a llevar a casa la mayor parte de sus ingresos como jugadora del Banyana Banyana. Ganaba casi el doble que su padre que trabajaba arduamente en las colinas extrayendo oro de entre las rocas. Sus padres aceptaron el dinero y no hicieron ninguna pregunta.

Eudy no tardó en convertirse en la estrella del equipo. Regateaba a sus oponentes como si el viento estuviera de su parte y era capaz de meter el balón entre los palos sin que la portera apenas lo viera venir. Empezó a sentirse querida y logró que la felicidad definiera su vida. Cuando vio a su madre por primera vez como espectadora en un partido decisivo del final de temporada su alma se encogió. Aquella fue la segunda vez que Eudy lloró de alegría.

Un día, tras un duro entrenamiento fue a ducharse junto al resto del equipo como cada tarde. Entre risas se desnudó y se sorprendió observando fijamente una de sus compañeras, Mally. Tenía un cuerpo hermoso. Sus senos eran firmes y la silueta perfecta que dibujaba su piel caoba la hizo enmudecer. Repentinamente anheló acariciar y besar todo su cuerpo. Se avergonzó profundamente; la deseaba. Ya se había excitado en las duchas en alguna otra ocasión pero supuso que era algo común entre las futbolistas en esas circunstancias. Aquella vez fue diferente. De pronto comprendió que le gustaban las mujeres.

Ocultó su tendencia sexual durante mucho tiempo pero tuvo algún que otro escarceo. Conoció a otras chicas con sus mismos intereses y se acostó con ellas. Esas mujeres lograron hacerla sentir como ningún hombre había conseguido en el pasado. Logró derretirse en los brazos de una persona y la primera vez que lo hizo volvió a llorar lágrimas dulces.

Un tiempo después se dio cuenta que había dado la cara en el pasado y que esta vez debía volver a hacerlo. Su dignidad valía más que su vergüenza. Así es como se convirtió en una activista por la igualdad sexual. No tardó en concentrar sus esfuerzos a partes iguales entre el deporte y la defensa de los derechos humanos. Asimismo decidió dejar de esconderse de nuevo y pasó a ser una de las primeras mujeres en vivir abiertamente como lesbianas en Kwa Thema.

Eudy era una mujer tremendamente querida por todos los que la conocían. Su amor al prójimo flotaba tras sus ojos y con mirarla a los ojos el espíritu de las personas se llenaba de paz. Desgraciadamente, la comunidad más machista de Sudáfrica no tardó en echársele encima y las amenazas se convirtieron en una constante. Ella las ignoró desde el primer momento, nunca tuvo miedo y no dejó de marcar goles.

Una oscura tarde de marzo fue abordada por una decena de hombres. Entre todos la inmovilizaron y sometieron a multitud de golpes. Después de rasgarla la ropa fueron turnándose para violarla uno detrás de otro. Mientras recibía violentas embestidas no dejaron de escupirla, abofetearla y gritarla que aquel día al fin se convertiría en una mujer. Cuando acabaron la tiraron al suelo completamente amoratada y desgarrada por dentro. Uno de ellos sacó un machete y se lo fueron pasando para coserla a puñaladas. Le rasgaron la cara, las piernas y finalmente el pecho, acabando definitivamente con su vida. Después abandonaron su cuerpo deshilachado y la sangre se mezcló con la última lágrima de Eudy.

Lo terrible de este relato no es el final. Lo terrible es que es real.

13.3.09

Nostalgia de Rock and Roll

Ayer, de camino a mi copistería favorita para imprimir unas cuantas octavillas (de esas en blanco y negro que la gente tira nada más recibe a la salida de un concierto), he pasado por la calle Hermosilla. Primero me he detenido frente a la sala Fax. La detesto un poco; suena fatal y está exenta de encanto alguno. No obstante, he organizado unos cuantos conciertos ahí y aunque solo sea por eso, la respeto. Mi segunda parada ha sido frente al local de la fotografía. Es lo que queda de la antigua coctelería Balmoral. Aquel sobrio lugar en el que nunca sonaba la música sino las conversaciones de los artistas que la hicieron su centro de reunión. Yo sólo estuve una vez y de pasada antes de que la cerraran hace algo más de dos años así que me he visto obligado a regresar. Un obrero me ha permitido dar unos pasos en su interior pero ya no quedan cócteles que servir, tan sólo polvo y paredes impregnadas de una amarga y dulce mezcla de olvido y recuerdos.

Hace poco vi en Internet una entrevista que hizo Eva Hache a Loquillo en su programa con motivo de la promoción de su último disco, ‘Balmoral’. La presentadora tiene bastante gracia, he de reconocerlo. Es ocurrente y muy simpática. Además interpreta el guión de un modo que resulta bastante convincente en cuanto a su pretensión de resultar espontánea. No obstante, si no tiene ni puta idea acerca de un tema se le ve el plumero y se queda con una mano delante y otras detrás. Una de las cosas que comentó con sorpresa al emblemático rockero patrio es que el disco tenía pinta de tener cierto regustillo nostálgico, o algo así. Tiene razón pero creo que no tiene ni idea de por qué. Tras esta opinión Loquillo pareció mirarla preguntándose a sí mismo qué será mejor no vender muchos discos o tener que pasar por aquello.

El problema es que da la sensación de la señorita Hache tiñe de un significado peyorativo al término ‘nostalgia’. He ahí el error. Yo no puedo comprender mi amor por el Rock and Roll, y la mayoría de la música que amo, en la actualidad sin que ésta esté ligada a un inevitable sentimiento nostálgico. Añoranza por aquellos tiempos en los que brotó el fruto de una semilla plantada por maestros como Little Richard, Muddy Waters o Fats Domino hace ya muchos años. Mi generación cargará siempre con esa cruz, la de no saber realmente cual es el significado del Rock, y eso es algo que no se puede cambiar. No vivimos la época dorada en la que Bob Dylan se embarcaba en la gira Rolling Thunder, los Who desataban la locura en el Woodstock del 69 con “My Generation”, explotaba el Punk a finales de los setenta, los Beach Boys publicaban el ‘Pet Sounds’ y los Rolling Stones presentaban el ‘Exile On Main Street’ introduciendo a los jóvenes de todo el mundo en una nueva religión. No crecimos en la época dorada del Rock, ni gozamos la revolución del Punk Rock, ni la locura del hardcore en los 80. Tuvimos que conformarnos con asistir a la fiesta del Punk Rock Melódico proveniente de California durante la década de los 90 y los refritos que se sucedieron después.

Esa es nuestra nostalgia. Lobreguez por la época que nos tocó vivir y que tan feliz nos hizo. Bad Religion, Social Distortion o Suicidal Tendencies reventando los radiocasetes a pie de parques llenos de latas de cerveza barata y tablas de skateboarding partidas por la mitad. Y es un dulce recuerdo que llena nuestra memoria, desde luego. El recuerdo del tiempo que nos fue designado, al ritmo de la música frenética heredera de los comienzos de la distorsión. Nos apropiamos de su ritmo y el mensaje y lo defendimos abanderando una ideología que nos hizo sentir realmente orgullosos. Así fuimos excavando y descubriendo los pilares de la forma de vida que decidimos adoptar. De este modo aprendimos a amar y comenzamos regar nuestras noches con alcohol y amistad. Crecimos y un sueño dio lugar a otro y finalmente nos convertimos en lo que somos hoy.

Aflicción, si. Crece en mi sangre con cada lugar en el que pasé tiempo en el pasado escuchando música y ya no existe o yace tras una valla cerrada. Las salas de conciertos reconvertidas en restaurantes o en las que simplemente dejaron de programarse bolos de forma repentina; los bares que echaron el cierre y sus grifos se secaron definitivamente. Una historia muere cada vez que ésto sucede. Se pone fin definitivamente a una etapa que ya nunca volverá. Así es como debe de ser. Las octavillas quedaron bien. Serán una bonita alfombra para la salida del local en el que hoy los repartiré. Será tras el concierto de No Fun At All en la sala Live de Carabanchel; uno de esos grupos de los que hablaba al principio y que hoy casi una década después vuelven a Madrid. Creo que no va a salir muy bien, la venta anticipada ha sido algo floja. Supongo que somos pocos los que nos acordamos aún hoy de lo que es aquel sentimiento. Pero bueno, lo pasaremos bien, seguro que sí. Ahora da al play y disfruta de este homenaje…

11.3.09

Simplemente no puedo esperar a volver a estar en la carretera

—¿Qué es lo que más te gustaría hacer del mundo?

—Recorrerlo.

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10.3.09

El último viaje

La conoció en una de esas fiestas que deseas que terminen desde el mismo momento que entras por la puerta. Desde luego era un sitio agradable, los invitados tenían pinta de ser gente interesante y flotaba en el aire un aura optimista que parecía imposible de rechazar. Sin embargo, él no estaba para demasiadas celebraciones. Estaba pasando por una de esas malas rachas en las que todo le salía mal. La mierda nunca viene sola…O eso le parecía a él. Por ese motivo un amigo decidió invitarle a la despedida de alguien a quien solo conocía de oídas y que al día siguiente partía a Finlandia para instalarse allí. Te divertirás y conocerás gente nueva, le aseguró su bienintencionado colega. No le creyó pero aún así accedió a acompañarle. Tampoco tenía otra cosa que hacer, en realidad.

Como no le apetecía hablar con nadie fue directamente a por una copa de whisky. No había así que tuvo que servirse una de ron. Qué más daba, el caso era emborracharse. Cuando estaba sorbiendo el contenido de su segundo trago llamaron su atención. Su amigo quería presentarle a un grupo de gente. A regañadientes procuró ser cortés y habló con jóvenes que no había visto en su vida sobre temas que no le interesaban lo más mínimo. En mitad de una conversación que olvidó a la vez que sucedía, su mirada se posó sobre alguien que estaba al otro lado de la abarrotada habitación. Era una chica que parecía brillar con luz propia. Le dio la impresión de que su sonrisa era la responsable de la calidez del cuarto. Llevaba el pelo recogido y una línea dorada perfilaba sus hombros desnudos. Éstos llevaban el compás de la música del modo más sensual que él podía concebir. Entonces le miró. Por un momento fue ella quien le desnudó a él y se vio obligado a apartar la mirada. Forzó una sonrisa bobalicona dirigida a uno de los jóvenes que tenía enfrente procurando disimular con la mayor habilidad posible. Un instante después se armó de valor y dirigió su mirada a la chica confiando en que no se cruzaría con ella. Se equivocó y esta vez fue acompañada de una sonrisa provocadora. No había otra salida así que se dijo a sí mismo que por una vez haría algo que mereciera la pena. Era ella, no cabía duda. Las piernas le temblaron como si se dispusiera a saltar al vacío desde un acantilado. De hecho, eso es precisamente lo que se disponía a hacer. Así que se acercó a ella y de pronto toda suerte cambió. Acababa de comenzar la época más dulce de su existencia.

Bailaron y hablaron de las cosas más intrascendentes de las que se puede hablar. De pronto no había agua que achicar. Solo estaban ellos dos y se abría un mundo ante sus ojos. No era consciente de lo efímero que podía resultar aquel instante; de que quizá fuera tan solo fruto de la inhibición producida por el alcohol. Pero no le importaba, en realidad. Ese instante merecía el tedioso prólogo que acaba de dejar atrás y estaba escribiendo su historia junto al fruto que tan solo había contemplado antes en sueños.

Así que siguió bailando y se percibió asomándose al más cautivador de los viajes. Acababa de empezar a viajar, no cabía duda. El bullicio era alto así que debían acercar mucho sus rostros para lograr escucharse. Quizá demasiado. Cada roce con su piel disparaba emociones tremendamente difíciles de controlar. Inconsciente, pensaba. Inocentemente acariciaba sus pestañas por su piel y estaba seguro de que eso le dejaría secuelas imborrables. Se sentía realmente vulnerable por hallarse tan embelesado ante ese aroma pero no podría sentirse de otro modo. Era ella y lo sabía.

La fiesta terminó y todo el mundo partió; pero él no podía irse de allí sin más. Aquello no debería acabar nunca y maldijo al tiempo por no dejar de correr siempre. La ofreció su compañía de camino a casa y ella, encantada, la aceptó. Caminaron juntos, como dos peones en mitad de una batalla. Llegaron al portal de ella y quedaron frente a frente rodeados por la inmensidad. Azotados por el viento de la mañana escucharon la esperanza que trajo consigo. Entonces él contempló el espacio que les separaba, habitado tan solo por silencios y se dijo ahora o nunca. Tierra de libertad, hogar de valientes. Y se acostó sobre sus labios. La magia se disparó y deseó que ese fuera su primer beso. En realidad, lo fue. Un abrazo selló un nuevo comienzo y se despidieron sin añadir nada más que un hasta luego.

Entonces él encaminó sus pasos por las calles desiertas deseando encontrarse con un extraño al que poder decirle que acababa de conocer a la mujer de su vida. Se sentía un pájaro que volaba a través de un mundo del que él era dueño. Era incapaz de asimilar lo afortunado que se sentía y cabeceó hallándose culpable por haberse sentido tan desgraciado horas atrás. Sonriendo del modo más sincero en el que lo había hecho nunca antes, miró el reloj. Eran las ocho menos veinticinco. Si se daba prisa aún podía coger el tren de menos veinte puesto que se encontraba junto a la estación. Así que corrió y se abrió paso entre la multitud. De un salto se coló en el vagón y desde dentro miró al cielo. El sol refulgía y las nubes se alejaban lentamente. Después se cerraron las puertas para siempre.

Madrid, 11 de Marzo de 2004

Un paseo por el centro de Madrid

Ayer fui a hacer una entrevista para tratar de conseguir un curro de mierda bastante mal pagado. Al terminar tomé la temerosa decisión de aventurarme en un paseo por el centro de Madrid. Desde Chueca accedí a Gran Vía y la crucé sorteando una desmedida macedonia humana. Hice un gesto en señal de duelo, como cada vez, al pasar por el Bershka que un día fue Madrid Rock y avancé en zigzag junto a las quimeras textiles de Zara, H&M, Lefties y todas las demás. Ya no quedan cines en Gran Vía. Las luces de neón de Schweppes ya solo alumbran a desencantados establecimientos que parecen salir airosos de la recesión.

Una vez en Callao me senté unos minutos en uno de los bancos de la plaza central. Cuando voy desprovisto de una lectura interesante yo diría que es el único lugar en el que no me importa esperar a amigos impuntuales. Observé durante un rato a aquellos que desfilaron a mi lado. Dos guiris orondas, una pareja de homosexuales vestidos de forma idéntica pero con diferentes tintes, varios vagabundos, algún que otro mendigo y multitud de gentes anodinas. Cuando me disponía a irme de allí un hombre que fumaba algo parecido a un puro me dijo mirando el cartel de Gran Torino: “El Istbud es el puto amo”. Le respondí que no podía estar más de acuerdo.

Después de saltar la pequeña verja que perfila la plaza y estar a punto de ser atropellado por un autobús de la EMT, bajé por la calle Preciados embarcándome sin duda en la más arriesgada de las aventuras. Tras esquivar a una pareja de captadores de WFF entré en la Fnac para ver la ‘agenda cultural’. Nada de interés. Pasé por la taquilla de venta de entradas, eché un vistazo y me fui pensando lo caro que es todo. Seguí bajando en dirección a Sol y en el camino me topé con el mimo azotado por la ventisca, el mendigo cruelmente llamado sonajero (No tiene brazos y sujeta con la boca una lata repleta de monedas. Al agitar la cabeza produce una simpático sonido metálico), un violinista, un par de hombres anuncio a la caza del oro (14 euros el gramo), un reportero local y algún que otro mantero. Al pasar por el Oso y el Madroño esquivé simultáneamente a una encuestadora, me imagino que un puñado de carteristas, un captador de UNICEF y a Berta Collado del programa ‘Sé lo que hicisteis’ de La Sexta. Llevaba tanto maquillaje blanqueador que parecía que acabara de cubrir una convención vampírica. Como todas, pierde en persona pero al menos no se encontraba en la situación de una compañera suya al salir del baño de un garito tras empolvarse la nariz con magia boliviana.

Esta vez no me increparon unos desconocidos o capturaron los personajes de la secta de la Cienciología. Tampoco me vi envuelto accidentalmente en una reyerta, ni presencié un fallo cardiaco, ni corrí junto a los manteros africanos, como en otras ocasiones. Está bien. Frente a la puerta del Sol consulté la hora y descendí a un lugar aún más sórdido, el Metro.

9.3.09

Instantes

Capturé momentos en movimiento y escribí experiencias. Ahora plasmo instantáneas de lo que fue mi regresión al pasado la semana...pasada. De esta forma cierro el círculo que tracé corriendo a través de las calles de Burgos, persiguiendo el viento y respirando el dulce aroma de los días muertos; pero sonrío sabiendo que volveré pronto; y una vez más recordaré lo que ya no es y escribiré lo que no es todavía.

El libro que Anabel nunca leyó

Bajo mi casa en Burgos hay un viejo local. Durante un tiempo fue una mercería que después cerró y dejó paso a un taller de manualidades. Como era de esperar también quebró no mucho después y tras varios años con el candado puesto fue adquirido por un viejo librero. Desde entonces una luz temblorosa baila en una esquina durante dos horas cada tarde al ponerse el sol. La puerta está abierta pero la soledad que desprende tan solo invita a asomarse con precavido sigilo.

El establecimiento consta de una pequeña habitación y un diminuto desván al que se accede por unas escaleras de caracol. Ambos habitáculos están repletos de montañas de libros dispuestos sin ningún tipo de orden ni control más allá de la memoria del peculiar coleccionista. Algunos son enormes y otros ridículamente pequeños. Puedes encontrar desde ediciones de lujo hasta los compactos más blandos de bolsillo. Mientras que unos parecen no haber sido abiertos jamás otros tienen todas las esquinas de sus páginas teñidas de un amarillo negruzco. El olor a humedad, mechas quemadas y polvo inunda cada rincón de esa orgía de palabras hasta un punto que llega a marear. Todo esto lo descubrí hace unos días ya que hasta entonces nunca había entrado. No sé muy bien por qué.

Una intensa nevada comenzó a caer al morir la tarde así que decidí salir a pasear mientras miraba al cielo. Al volver me detuve frente a la librería y un instante después hice una señal al viejo para que me abriera. Una vez dentro recorrí interminables columnas de tomos, pilas enciclopédicas y montones de colecciones de lo más variado. Joyce, Loca de Tena, Le Carré, Slaugther, Lope de Vega…Daba la sensación de que no podía faltar ninguno. Entonces me detuve en uno en especial, escondido tras un rimero de compendios ejemplares. ‘Aventuras de Arthur Gordon Pym’ de Edgar Allan Poe. La única novela que escribió. Un libro de tapa dura en perfecto estado y que sin duda nadie había leído nunca. La primera edición de la Editorial Óptima. Cómo podía haber imaginado que la encontraría ahí. Un texto tan polémico y macabro escrito a principios del s. XIX enterrado en una habitación inundada de historias, teorías y sentimientos bajo mi casa.

Así que fui a entregárselo al librero al que tan sólo alumbraba la luz de unas velas dispuestas junto a su mesa. Al parecer no tenía electricidad, según me indicó; pero a nadie puede engañar, esa es la forma en la que él viaja sentado sobre una silla de paja.

─Vaya, has cogido un libro con historia…─Me dijo.

─¿Ah si?

─Mira esta dedicatoria.

Me mostró el libro y en efecto había un texto torpemente caligrafiado y no carente de inconexiones dedicado a una mujer a la que llamaré Anabel.

─Esa mujer me llamó hace tiempo ─susurró con tono sombrío─ Me dijo que tenía unos cuantos libros que quería que viera. Me dio la dirección de su casa y se despidió diciendo que me llamaría para confirmar el día en el que podía pasarme. Sin embargo, no volví a saber nada de ella. En otra ocasión recibí otra llamada comentándome lo mismo así que fijamos una cita y apunté la dirección a la que debía dirigirme. Era la misma que en su día me dio Anabel. Una vez allí, me recibió un hombre que me condujo hasta una habitación en la que había una caja repleta de libros viejos. Uno de esos libros era este que tienes tú hoy en la mano. Mientras rebuscaba me acordé de Anabel, así que pregunté por ella. “Se tiró hace tiempo a las vías del tren”, me respondió el hombre.

─Joder. ─Comenté. La verdad es que no se me ocurrió que otra cosa podía decir.

─Disfrútalo.

─Procuraré…

Y me fui de allí con los ojos más abiertos de lo que podría considerarse algo normal. Ahora sí que en verdad va a ser un buen regalo para Pat, pensé para mis adentros.

8.3.09

Regresión al pasado

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1.3.09

Cuando todo se ha perdido

«Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad -aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente -con dignidad- ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: 'Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita'.

(...) Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome, insensible a tal hecho, la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como sello sobre tu corazón...pues fuerte es el amor como la muerte".»

El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl

28.2.09

El último verano

—Pasó el frío y se derritió el hielo. La escarcha dio paso al rocío y los pájaros pudieron volver del Sur. Dos de ellos se encontraron en el aire. Sus vuelos se cruzaron de nuevo y tras mirarse a los ojos comprendieron que esta vez volarían juntos. Batieron sus alas con más fuerza que nunca y sus sueños se hicieron uno. Se deslizaron por los rayos del sol y le ayudaron a calentar el mundo. Planearon sobre los campos de trigo y esquivaron robles a través de los bosques. Sembraron el mar de plumas y vieron atardecer bañándose en playas desnudas. El ritmo les hizo mecerse metiéndose dentro de sus cuerpos y los acordes se convirtieron en la sangre de sus cuerpos. Se amaron inmersos en la calidez de las noches más silenciosas. Sesgaron el viento precipitándose junto a la lluvia que cubrió a la hierba virgen. Durmieron bajo la sombra de ruinas construidas sobre la arena junto a acantilados pesqueros. Se alzaron sobre viejas carreteras y se perdieron en ellas… Y así se pasó la magia estival.

—En realidad te he preguntado lo que hiciste el último verano…

—Y yo te lo acabo de contar.

—Vale. Probemos de otro modo…¿Serías capaz de resumirme en un minuto lo que hiciste el último verano?

—Lo intentaré:

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27.2.09

Cadenas y grilletes

Esto es sin duda alguna lo más idóneo que podría leer en este preciso instante. Ese fue mi pensamiento esta mañana mientras esperaba en la recepción de una agencia a ser entrevistado por el subdirector. La página era la siguiente:

«Contempló al marinerito encadenado a la pared, con grilletes. Era Timmy.

(…) —Oh, sacadme de aquí... si tengo que seguir mucho más con estas asquerosas cadenas, me pondré a gritar.

—Oh, cállate, Nellie —replicó Dorian, abofeteando las rosadas mejillas de Timmy—. Sal de mi casa y vuelve a la calle, que es tu sitio.

—¡Oh! —gritó el marinero—. Cómo puedes decirme esas cosas tan terribles.

—Por favor —advirtió ignatius—. El movimiento no puede permitir el sabotaje de las luchas internas.

—Creí que me quedaba al menos un amigo —le dijo el marinero a Dorian—. Pero me equivocaba. Adelante. Si te da tanto placer eso, abofetéame otra vez.

—Ni siquiera te tocaría, putilla.

—Creo que ni un escritorzuelo a sueldo sería capaz de escribir un melodrama tan atroz —comentó Ignatius—. Basta ya, degenerado. Demostrad un poco de gusto y de decencia al menos.

—¡Abofetéame! —chilló el marinero—. Sé que te mueres de ganas de hacerlo. Te encantaría hacerme daño, ¿verdad?

—Al parecer, no se tranquilizará mientras no te avengas a causarle algún daño físico —dijo Ignatius a Dorian.

—Ni un dedo le pondría encima a esa perra.

—Bueno, tenemos que hacer algo para silenciarle. Mi válvula no aguantará más la neurosis de este marinero invertido. Tendremos que expulsarle cortésmente del movimiento. No se ajusta en él, sencillamente. Cualquiera puede olfatear el intenso aroma a masoquismo que exuda. Está inundando la zona de esclavos en este mismo instante. Además, parece bastante bebido.

—¿También tú me odias, verdad, monstruo grandote? —chilló el marinero a Ignatius.

Ignatius golpeó a Timmy sonoramente en la cabeza con el sable y el marinero emitió un gemidito.

—Dios sabe a qué repugnante fantasía se estará entregando —comentó Ignatius.

—Oh, pégale otra vez —dijo Dorian muy feliz—. ¡Qué divertido!

—Libradme de estas espantosas cadenas, por favor —suplicó el marinero—. Está manchándoseme de óxido mi traje de marinero.

Mientras Dorian abría los grilletes con una llave que sacó de encima de la puerta, Ignatius dijo:

—Sabéis, los grillos y las cadenas tienen funciones en la vida moderna que jamás debieron imaginar sus febriles inventores en una época más simple y antigua. Si yo fuera un constructor de casas lujosas, instalaría por lo menos un equipo de cadenas, fijadas en las paredes de todas las nuevas casas amarillas de ladrillo tipo rancho y de todos los chalets dúplex de Cabo Cod. Cuando los residentes se cansasen de la televisión y del ping pong o de lo que hiciesen en sus casitas, podrían encadenarse unos a otros un rato. Les encantaría a todos. Las esposas dirían: “mi marido me encadenó anoche. Fue maravilloso. ¿Te lo ha hecho a ti tu marido, últimamente?” los niños volverían corriendo del colegio a casa, a sus madres, que estarían esperándoles para encadenarles. Esto ayudaría a los niños a cultivar la imaginación, cosa que la televisión les veta. Y habría una reducción apreciable en el índice de delincuencia juvenil. Cuando el padre volviera del trabajo, la familia unida podría agarrarle y encadenarle por ser tan imbécil como para estar trabajando todo el día para mantenerles. A los parientes viejos y revoltosos podría encadenárseles a la puerta del coche. Sólo se les soltarían las manos una vez al mes para que pudieran firmar los cheques de la seguridad social. Las cadenas y los grilletes podrían asegurar una vida mejor para todos.»

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

25.2.09

Injusta Justicia

Maldita Justicia, yo te acuso. Te acuso de ser tan mezquina como corrupta. Tan absurda como inútil. Somos una sociedad desamparada y desprotegida de tu abrazo, incapaz de abarcar más que a ti misma. Y así actúas impune. Inútil al juzgar a los culpables, aliviar a los inocentes, consolar a las víctimas y descubrir las astillas que ciegan tu hipócrita mirada.

Muere degollada una mujer a manos de un hombre humillado por su propio fracaso y te consuelas con escuchar su declaración de inocencia y condenarle a la misma pena que a un padre roto por los agravios que cometiste contra él. Perdió a su hija del modo más deshonroso y cruel posible en Alcasser y ni si quiera pudo encontrar la confortación de la justicia. Ahogado por su indignación e impotencia gritó contra ti y ahora deseas venganza. No hay acusación popular, tan sólo fiscal. Eres soberbia y pretendes acallarle de nuevo forjando su alma maltrecha tras los barrotes del despotismo. Eres orgullosa y la balanza siempre se inclina hacia donde tú deseas. Porque tú eres el peso capaz de cometer los ultrajes más cobardes. Tú eres la hoguera que alimenta el humo de tu cortina. Y te jactas de ello.

Desproporcionada Justicia…La ausencia de bondad y comprensión te empujan a pisotear a ese mendigo ahogado por el hambre, angustiado y desperado, obligado por su dolor a intentar apagar ese vacío. Robó media barra de pan y ahora le condenas a un año de cárcel como venganza por pertenecer a esta vil y sucia sociedad.

Incomprensible Justicia…Te agarras a los clavos más ignorantes siempre y cuando respondan a tu opresivo interés. Da igual si van vestidos de calle o de verde y van armados... Lo importante es que sean la voz de tu arbitrariedad legal y así les utilizas. Admites un alegato de defensa propia a un homófobo empachado de hostilidad que es capaz de despachar la mayor de las crueldades contra dos hombres cosiéndoles a cuchilladas y quemando sus cuerpos. Y tú misma le abres la puerta para que se vaya.

Encierras a los justos y liberas a los convictos. Por ello, no creo en ti. Te desprecio y maldigo. Te acuso, te acuso y volveré a acusarte hasta que no tenga más saliva con la que escupirte. Inservible arma de los poderosos que humilla al pueblo al que has de defender. Os acuso y lo haré siempre. Os acuso a todos vosotros, a todos los que hacéis de este mundo un lugar tan triste y enfermo.

24.2.09

Los pendientes de perlas

Yo sentado en un triste vagón de Metro hace unas horas. Delante de mí varias personas: un anciano paquistaní dormitando, una pareja de estudiantes poco agraciados golpeando insistentemente el cristal de la ventana en un baldío intento de llamar la atención de alguien situado en el andén de en frente, una chica un tanto remilgada con pendientes de perla en las orejas, un chico vestido de forma que parecía homenajear chirigoteramente a la época mod gracias a su chaqueta de Vespa, su jersey de cuadros y sus chapitas brit pop y un par de orondas señoras que reían constantemente con carcajadas lentas y grasas. Hubo una de esas personas que me llamó la atención particularmente por encima de todas las demás y es cuanto menos sorprendente que fuera la relamida pija de pendientes de nácar.

No tenía nada en especial. Era una cursi corriente como la que más, seguramente muy a su pesar. Cutis pálido aunque no exento de alguna erupción cutánea hábilmente camuflada bajo una espesa capa de maquillaje, cabello rubio retocado con mechas, labios pintados ligeramente con un color rosa suave y, a pesar de ser martes, vestimenta típica de cualquier asidua a un garito elitista de fin de semana de esos de doce euros el cubata. De todos modos, esos pormenores son meramente anecdóticos, lo realmente destacable son esas perlas que llevaba fijadas a los lóbulos de las orejas. Me he fijado en ella precisamente por este motivo, ese complemento tan común y a la vez tan perturbador.

Es posible que se haya convertido casi en una obsesión el hecho de que cada vez que me cruzo con una mujer caminando por la calle, en un ascensor, bar o transporte público, como en esta ocasión, mis ojos se posen rápidamente sobre los lóbulos de las orejas en busca de una pista sobre el sujeto femenino en cuestión. He de precisar que tampoco es que sea lo suficientemente excéntrico como para pasar por alto los senos del sujeto femenino, claro está. Ese sería el primer lugar, pero es probable que las orejas sean, sino el segundo, el tercero sin duda alguna.

El caso es que las perlas, las malditas perlas, son capaces de anular por si solas cualquier posible interés por la belleza de la mujer. Con un suspiro de decepción mi subconsciente echa por tierra cualquier disposición social, sexual o relacional con la portadora de tal malvado pendiente. Un pendiente tan clásico, sobrio y tradicional como el mismísimo Satanás. Ese brillante aljófar es un claro indicativo de valores conservadores, incluso a veces retrógrados, y un evidente apego paternal llevado seguramente al extremo. Sus progenitores impusieron a las jovencitas su herraje nacarado poco después de que comenzaran a vivir y desde entonces, cuatro lustros después, aún siguen portándolo, incapaces de decidir por sí mismas y comenzar a picotear, aunque sólo sea exiguamente, su virginal cascarón. Muchas veces dichas concreciones vinculan a la persona con ideologías religiosas tales como el negocio creado por Escrivá de Balaguer. Otras, dichos adornos diabólicos responden simple y llanamente a carencias estilísticas sin necesidad de caer en la petulancia, sino simplemente respondiendo a las necesidades personales actuales. No obstante, en ocasiones, se aprecian discretos actos de rebeldía en los que las ridículas perlas infantiles son sustituidas por algunas de mayor tamaño o duplicadas, no quedando exentas aún así de la lacra de la antigüedad. Lo que está claro es que el mero hecho de hablar de ellas dota de una repelente fatuidad a mi estilo, si es que tengo alguno. Y ya ves, es ponerme a pensar ellas y escribo como si fuera un hinchado gilipollas.

21.2.09

Comercio en triángulo

«¿Quieres saber cómo lo hicimos aquellos días, hace ya mucho tiempo? Enviamos unos barcos hasta las Indias. Allá muy lejos, hasta aquellas islas del azúcar. Y aquellos barquitos iban cargados de bacalao y vacas y un poco de madera de los árboles. Y entonces cambiamos todas esas cosas por azúcar y melaza, y aquel azúcar y aquella melaza fueron convertidas en ron, y ese ron se envió muy muy lejos hasta lo más negro del África negra a cambio de algunos esclavos, y esos esclavos fueron vendidos de regreso a las Indias a cambio de un poco de oro, y ese oro se empleó para comprar mercancías de la más blanca Inglaterra blanca. Y así es como lo hicimos aquellos días, hace ya mucho tiempo.»

Rolling Thunder: con Bod Bylan en la carretera, de Sam Shepard.

18.2.09

Una historia de amor

Ella era una hija de puta que había seguido fielmente el ejemplo de su madre. Él era un cerdo egoísta e inútil. Ella era una mujer normal a ojos de los hombres con prejuicios y amorosamente desengañados y él era un hombre normal a ojos de todas las mujeres. Se conocían desde hacía tiempo porque ella era la ex novia de un viejo amigo suyo y él era un mediocre discjockey del pub de moda en el barrio en el que ambos vivían. Sin embargo ambos fingieron no conocerse de nada cuando se encontraron aquella noche de un triste miércoles de febrero.

Él bebía solo en la barra de aquel tugurio llamado ‘El harén’ y ella entró a comprar tabaco. Él se acercó y la dijo si también necesitaba fuego pero ella le respondió que lo mejor sería que se metiera en sus asuntos. Él contestó que ésos eran sus asuntos y ella se dejó invitar a una copa. Mientras que él insinuaba que quería echar un polvo del modo más sutil que era capaz ella se limitaba a contestarle con evasivas aún sin captar ni una sola de sus indirectas. Una hora después, como estaban muy borrachos y no tenían otra cosa que hacer, decidieron ir al apartamento de ella.

Follaron y ella quedó insatisfecha. Él se fue adormilando en seguida en medio de sus efluvios etílicos mientras se rascaba la entrepierna. Su último pensamiento fue que debería ir al cuarto de baño a lavarse un poco y así prevenir una posible irritación pero se durmió antes de decidirse. Ella se arrepintió de haberle invitado y pasó media hora lavándose aunque aún así siguió sintiéndose bastante sucia. Pensó que quizá fuera debido al alcohol y la cocaína. Al rato volvió a la cama procurando hacer todo lo posible por despertarle y así poder recriminarle lo pésimo amante que era. No supo si lo consiguió pero aún así le espetó ‘follas como el culo’. No la oyó y de haberlo hecho le hubiera dado totalmente igual.

Un mes después estaban viviendo juntos y de eso hace tres años. Al parecer, no les va mal.

17.2.09

La clase de morfología

─A ver, venga céntrate que nos van a dar las uvas…

─Qué expresiones más caducas usas, colega. ─Me recriminó.

─Si, es que llega un momento en el que los jóvenes utilizáis una retórica tan compleja que me es difícil asimilarla y por ello recurro a la de hace años.

─Qué capullo ─soltó acompañando a una carcajada.

Julio era el más repelente de los niñatos a los que me tenía que enfrentar, sin lugar a dudas. No tenía respeto por nada que no fuera su clan cibernético de uno de esos videojuegos que yo era prácticamente incapaz de pronunciar. Era uno de esos pequeños púberes de cutis grasiento con el pelo teñido ridículamente con agua oxigenada y anillos en la ceja y el labio. Por supuesto tenía menos luces que una maldita piña. No hacía mucho que me dedicaba a la enseñanza particular. De hecho, hubiera sido mi última opción de no ser porque tenía que pagar el alquiler. Por esta razón y el desempleo generalizado tuvo que ser, irremediablemente, mi segunda opción.

─Estamos con los apasionantes gramemas derivativos, llamados comúnmente afijos…

─Joder colega, es como si me hablaras en otro puto idioma.

─Habla bien Julio. A ver, prosigo… Los afijos sirven para formar significados derivados del significado básico.

─¿Pero qué me estás contando?

─Los afijos.

─Pues déjame decirte que te explicas con el culo. ─Me reprochó con más bien poca sutileza.

─Lo haría con la boca de no ser porque me interrumpes cada cinco segundos. Veamos, te pondré un ejemplo…El significado básico sería “niño” y la derivación, es decir, el afijo podría ser “aniñado”.

─Es decir, tú mismo, por ejemplo.

─Me lo tomaré como un cumplido ─Respondí.

─No lo es.

─Me da igual. Bueno, ¿lo entiendes?

─No.

─¿Qué es lo que no entiendes?

─Nada.

─¿De verdad?

─No.

─Entonces, ¿si que lo entiendes?

─No. Era broma lo de que era mentira.

─Dios Santo.

La desesperación es un término que se queda corto para describir lo que sentía en ese momento. Mi mundo se tornó gris y la poca paciencia que me quedaba se evaporó por completo. Me sentía un hombre patético por estar desperdiciando mi tiempo haciendo algo que me resultaba tan tedioso como humillante. Había sido un día terrible en el que Sara me había dicho que teníamos que hablar de ‘lo nuestro’. Bueno, para qué contar el resto. No quiero que sufras pero podemos ser amigos y toda esa sarta de gilipolleces que dicen a uno cuando rompen su relación con él en un vano intento de consolación. Es una situación tan tópica que verdaderamente da arcadas cuando te sucede a ti. No puedo decir que no me lo esperara pero es inevitable que me sienta como cartón mojado en este instante. Aguantar a este niñato inmundo es lo último que necesito. Debería haber llamado para decir que estaba enfermo, joder.

─Mira, hacemos una cosa. Te explico rápidamente los deverbativos y zanjamos la clase por hoy, ¿vale?

─Tu no follas mucho, ¿no? – Me respondió sin venir a cuento.

─¿Qué?

─Con la pinta de freak que tienes, no me extraña.

─¿Pero te has visto, Julio?

─Seguro que la fea de tu novia no te la chupa. Pero fijo que se la chupa a medio barrio aunque yo no le metería mi polla ni aunque...

Entonces le interrumpí golpeándole directamente en la boca con mi puño cerrado. Sé que fue una respuesta algo desproporcionada pero me parecía la única forma coherente de terminar con aquello, así que seguí a lo mío. Comenzó a gritar e intentar defenderse pero no tardé en partirle la mandíbula. El problema es que se me rasgaron dos nudillos con sus dientes y empezó a brotarme sangre a mí también así que decidí descargar los puñetazos en la zona de la sien. Tras un par de reveses con todas mis fuerzas noté un chasquido que intuí procedía de mi mano. Antes de seguir autolesionándome decidí coger el paragüero y continuar mi ataque utilizándolo como arma. En ese momento Julio ya estaba bastante convaleciente por lo que no opuso prácticamente resistencia. Le asesté un golpe tras otro de arriba abajo en la zona frontal de la cabeza. Tras una docena de impactos su cara pasó de sangrar profusamente a amoratarse para acabar deformándose hasta resultar irreconocible. Continué impactando la base del paragüero metálico hasta que logré fragmentar el cráneo y verter los sesos de Julio sobre los apuntes de morfología. Un instante después lo deposité en el mismo lugar del que lo había cogido, metí mi libro de Lengua Castellana en mi cartera, me puse el abrigo y abrí la puerta. Al llegar al recibidor me topé con su madre y tras saludarme y preguntarme porqué me iba hoy tan pronto respondí:

─La clase ha terminado por hoy. Acabo de matar a su hijo.

Y me largué.

15.2.09

Limpiar la mierda

«Cuando vienen de visita mis familiares y comemos aquí juntos, todos dejan la mitad del plato. Como tú. Y cuando ven que yo me lo como todo, ¿sabes qué me dicen? “Oh, Midori. ¡Qué suerte tienes de estar tan bien! Yo me siento tan conmovida que no puedo comer.” ¡Pero quien cuida al enfermo soy yo! No es broma. Los demás se limitan a venir de vez en cuando a compadecerse. Y soy yo quien le quita la mierda, le saca las flemas y le enjuga el cuerpo. Si la compasión bastara para limpiar la mierda, yo me compadecería cincuenta veces más que cualquiera de ellos. Sin embargo, cuando termino la comida todos me miran reprochándome. “¡Qué suerte tienes de estar tan bien!”. Quizá todos me toman por una burra de carga. Ya son mayorcitos, ¿no crees? ¿Por qué no entienden todavía de qué va el mundo? Hablar es muy fácil. Lo importante es limpiar la mierda o no hacerlo»

Tokio blues (Norwegian Wood), de Haruki Murakami
[ノルウェーの森, 村上 春樹]

13.2.09

El reencuentro

Joder, ¿como se llamaba? No tenía apodo, eso seguro. En caso contrario probablemente me acordaría. Supongo que pasaba demasiado desapercibido para que nadie le otorgara con un mote. Aunque en el 95% de los casos tenían carácter peyorativo así que quizás fuera mejor de este modo. Para él, claro. A mi me era indiferente y ahora ni te cuento. Tenía un nombre común, creo recordar. Algo así como Luís, Álvaro, Miguel o algo por el estilo. ¡Diego! Si, estoy casi seguro de que se llama Diego. Joder, el bueno de Diego.

─Bueno, y ¿a qué te dedicas?─ Le pregunté.

─Estudio Ingeniería Informática.

Me lo imaginaba. Es una respuesta tan previsible que de algún modo me hincha las pelotas. Si tuviera que aventurarme a decir qué carrera estudiaron mis antiguos compañeros tras salir del instituto diría que las tres cuartas partes se metieron a la tediosa facultad de Ingeniería Informática. El otro cuarto tendió hacia otra ingeniería, seguramente Caminos o Agrónomos. Y un 1% excluyente acabó tan harto del bachillerato tecnológico y su exacerbación numérica que decidió hacer una carrera de letras. Dentro de esa minoría me encuentro yo. Desde entonces pase a formar parte del sector apestado e ignorante a ojos de todos los soplapollas gafotas anteriormente citados. Aprovecho, ya que estamos, para deciros que la calculadora es un perfecto y obviamente mejorado sustituto del cálculo mental pero que el corrector de Word es totalmente inútil. Por ese motivo escribís las cartas de amor con faltas de ortografía y por eso mismo aún seguís siendo vírgenes. Bueno, vale. Puede que no sea por ese motivo, pero en cualquier caso lo seguís siendo.

─Y ¿ya acabas?

─No bueno, me quedan dos años y el proyecto.

Vaya, parece que no hay ni uno sólo que se salga de la media. Os habéis estado hinchando a canutos y pensasteis que por saber hacer derivadas ibais a sacaros ese ladrillo con la gorra. Pues no, yo también sabía hacer derivadas pero son un coñazo. A ver si te encierras de una puta vez a estudiar, pedazo de subnormal, que ya va siendo hora de que des una alegría a tu padre.

─Bueno, ahora ya seguro que va todo rodado. Los primeros años son los más jodidos.

─Ya ves.

─Bueno y ¿qué sabes de esta gente?─ Inquirí

─No mucho, Jaime esta conmigo en clase, Gabriel acabo dejando la carrera y curra descargando camiones, Alba se ha cambiado tres veces de carrera y ahora mismo no recuerdo qué esta haciendo y el resto ahí están.

Un panorama de lo más conciliador.

─Pero, ¿Seguís todos en Burgos?

─Si, la mayoría, la verdad. Algunos se largaron pero acabaron volviendo no mucho después.

Es curioso pero prácticamente la totalidad de todos ellos, burgueses económicamente pudientes, acabaron haciendo esa carrera precisamente porque se cursaba en su ciudad de nacimiento. Y así poder seguir haciendo lo que habían estado haciendo los últimos diez años de su vida otra década más. Sentimiento de pertenencia y fidelidad a sus raíces… O miedo a volar. No lo sé, la verdad, pero sí que hay una constante, todos ellos se llevan quejando durante más de un lustro de su alrededor y su deseo de cambiarlo.

Toda una vida sentándome con este tipo en un pupitre y ahora me embarga, de algún modo, la más absoluta de las indiferencias. Reí, gasté bromas a otros compañeros, hice trabajos de clase, jugué al fútbol, soñé, destrocé material escolar, descubrí música, le presté libros y me emborraché junto a él u otro chico parecido. Y sin embargo, ahora nos encontramos por la calle tanto tiempo después y lo único que sucede es un intercambio de frases tópicas con más hábito que verdadero interés. En esta ocasión hubo suerte porque no fingimos no conocernos, como ocurrió en alguna ocasión con alguna compañera cuando nuestras miradas se toparon en algún bar. Parece que se construye una historia pero no, simplemente se va tirando. Como cuando un soldado ve desparramarse los sesos de un compañero de batallón a su lado. Lo observa un momento conmocionado pero un segundo después recoge su fusil y sigue avanzando poniendo sin darse cuenta un punto y a parte más en la historia de su vida.

─Bueno, ya nos veremos por ahí, ¿eh?

─Si, joder, ¡a ver si quedamos algún día! – Me respondió aparentemente ilusionado.

─Venga, ¡hasta luego, Diego!

─Ra…Raúl.

11.2.09

El monólogo vital

Hace unas horas he entrado en un vagón de Metro leyendo ‘Ampliación del campo de batalla’, de Houellebecq. Absorto en mi lectura no me he dado cuenta de donde me sentaba hasta que un fétido olor a alcohol ha logrado desconcentrarme. Entonces he alzado la vista y he visto que había sentado frente a mi lo que se asemejaba bastante a un clon actual de GG Allin. Varón, caucásico y rondando la treintena, como seguramente describa la ficha policial que posiblemente tenga, lucía una sudadera verde decorada con grasientos lamparones y unos vaqueros anchos raídos en su parte inferior. Tenía la cabeza rapada y cubierta con una capucha pero lo que más llamaba la atención de su semblante era una parda perilla descuidadamente recortada. Los ojos vidriosos que presidían su jeta no se fijaban en puntos concretos sino que más bien bailaban de un lado a otro de forma aleatoria.

De cualquier modo, lo peculiar del tipo en cuestión no era su aspecto, que también, sino el discurso que más que emitir profería de modo ininterrumpido. Un cúmulo inagotable de frases inconexas ha captado mi atención durante al menos cinco paradas. No obstante, lo mejor de todo es que no lanzaba las palabras al viento sino que iban dirigidas estratégicamente a una mujer sentada dos asientos más allá en su misma fila. Lo que está claro es que se trataba de un monólogo automático y apasionante. Lo mismo se ponía a hablar de se abrían las puertas del tren, quinto izquierda del treinta y cuatro de la calle Julián Alcocer que no, que allí viven sus padres y pasa mazo de ir porque no tiene ni idea de donde tiene que ir para ver a ese señor que no sabe de lo que habla porque le han dicho que hay un centro ofensivo para esa panda de hijos de puta que se dirigen por el pasillo al lugar sin luz que tiene que llamar primero porque lo mejor es irse de allí antes de que se enteren, que comentaba que lo había visto y él lo sabía muy bien porque ese es precisamente el problema y la furia del colega del Tracas que sabe que no es fácil hacerse con esa mandanga porque es perseguido insistentemente cruzando la calle en dirección al metro de Pirámides en una atención prioritaria de la máquina rota. Etcétera.

Por algún motivo que desconozco la forzada receptora de la conferencia rehusaba a prestar atención y se empeñaba a mirar a otro lado. El chico se negaba a no ser atendido por lo que llegado un momento decidió levantarse y colocarse justo en frente de ella a pesar de que esa posición situara su entrepierna a escasos centímetros del descompuesto rostro de la mujer en cuestión. Así que decidió ponerse de perfil pero astutamente él se colocó en el asiento contiguo para proseguir con su charla. Así que ella decidió levantarse e irse al extremo opuesto del vagón pero él la siguió un minuto más tarde para proseguir con su cometido. Este corre que te pillo se repitió durante tres o cuatro veces más hasta que, aliviada, la señorita llegó a su parada y salió apresuradamente de ella, poniendo fin a su calvario. Por suerte también era la mía y al parecer del ebrio conferenciante. La mujer aceleró sus pasos y comenzó a huir despavorida a través del andén. Al estar yo entre ambos pude contemplar su expresión aterrada cada vez que se giraba para comprobar si la estaba siguiendo. Al llegar a un cruce de pasillos y todavía escuchando los alaridos del inagotable personaje, la fémina y yo nos separamos. Dios sabe lo que ocurrió después.

El caso es que esta situación me ha hecho reflexionar vagamente. Es curioso como una simple escena de un borracho molestando a una pasajera del tren subterráneo puede convertirse en una metáfora vital. Sin quererlo tanto él como ella han interpretado los dos tipos de papeles que puede desempeñar el ser humano en la actualidad. Ella es la persona reservada que se sirve de sus prejuicios como mecanismo de defensa y que prefiere huir ante la amenaza que supone el rol opuesto. Él es la persona extrovertida, descentrada, confusa y que no sabe muy bien lo que quiere ni a donde debe dirigirse para conseguirlo. En este caso se trata de un tarado, claro. Tarado por la práctica de la mendicidad, el alcohol, las drogas, una enfermedad congénita o puede que un conjunto de todas ellas. Él es la persona rechazada, encargada de perseguir y buscar, tratando de encontrar algo que no sabe muy bien lo que es.

Si yo tuviera que encasillarme en uno de los dos papeles escogería este último. Sin embargo, si hubiera sido a mi lado junto a quien se hubiera sentado con la melopea que llevaba a cuestas, seguramente le hubiera vomitado encima.

Es todo muy extraño.

8.2.09

Carta a un viejo amigo

Hola Miguel, ¿Cómo estás? Hace tiempo que no sé de ti. De hecho, te sorprenderá esta carta tanto como a mi lo hace verme a mi mismo escribiéndola. Quizá lo hago porque lo normal sería no hacerlo y bueno, siempre me gustó hacer lo contrario a lo habitual, ya lo sabes. Un poco como a ti, aunque en tu caso creíste estar haciéndolo cuando en realidad eras uno más dentro de una masa alienada que se creía única y especial, pero no lo era. Aunque de eso ya te diste cuenta, ¿verdad? Y supongo que tuvo que ser por ti mismo porque los brazos que te rodeaban entonces ya no están, se perdieron en aquel océano en el que te daba la sensación que flotarías para siempre.

Siento decirte lo que te voy a decir después de todo pero, de algún modo, me siento obligado a hacerlo. Nunca pensé que fueras un chalado enloquecido y sin dos dedos de frente. Siempre tuviste las cosas muy claras, aunque finalmente todo se convirtiera en un borrón que te acabo haciendo dudar incluso de tu propia identidad. O de lo que fue. La verdad es que ahora mismo no tengo ni idea de quien eres.

Leíste mucho e hiciste de algunos autores tus maestros. Hiciste tuyas sus teorías, credos y pensamientos y quisiste vivir sus mismas experiencias, trasladando la prosa a tu realidad, por muy irónico que eso sea. Pero creo que sólo interpretaste lo que te interesaba, junto a quien te apetecía y en donde se suponía que debías hacerlo. ¿Aún lees de vez en cuando a Adolous Huxley? Yo sí. La verdad es que escribía de forma tediosa. Sus frases son pesadas y carentes de musicalidad. Pero dice tantas cosas interesantes que aún así se le perdona. ¿Qué te gusta más el cielo o el infierno? Me imagino la respuesta, aunque si te soy sincero, creo tu caso se parece más al de Un Mundo Feliz, y no precisamente por la literalidad del título. “Nunca dejéis para mañana el placer que podías gozar hoy”. Te lo tomaste al pie de la letra, pero te equivocaste. El verdadero placer tiene que llegar a ti, porque si lo fuerzas es el deseo quien piensa por ti y eso sólo general ira, odio e impotencia. Creíste que estabas fluyendo y que la química fluía por ti mezclándose con tu propio yo, pero lo único que hiciste fue focalizar uno a uno tus impulsos. Creíste que tomabas mescalina pero en realidad ingeriste una tableta de soma detrás de otra y mataste tus sentimientos. Nunca tuviste un espíritu de artista. Tal y cómo decía Huxley, si lo fueras hubieras comprobado que estabas congénitamente equipado para ver todo el tiempo lo que sólo pudiste ver bajo la influencia de la mescalina. Ella fue quien se apropió de tu cuerpo y tus sentidos y quien vio a través de ti, tú simplemente experimentaste confusión y desconcierto. Y te acabaste perdiendo en el bosque.

Acudiste a ella para enfrentarte a todos tus miedos, demonios y paraísos personales. ¿Cómo fue la contienda? ¿Ganaste o ni si quiera los encontraste? ¿O quizá te revelaron lo que ya sabías pero de forma idílica y extrasensorial? No sé como expresarlo, supongo que tú tampoco podrías hacerlo aunque me responderías que tengo que experimentarlo para saber como es. Que debería informarme un poco al menos y leer a expertos que me lo expliquen.

Es curioso, porque Huxley, en su lecho de muerte, pidió que le inyectaran LSD intramuscular para morir bajo la claridad de los psicodélicos y no bajo el estupor de los sedantes. ¿La exaltación de la ficción es más real que la propia realidad? Según eso la sobriedad no es más que un propio engaño, lo que concluye que la única forma de lograr la libertad es estando bajo los efectos de determinadas sustancias farmacológicas.

La verdad apesta, en definitiva.

Se ha generalizado tanto la alteración de los procesos biológicos y químicos como nunca se pudo haber imaginado. Y cada vez se hace peor. No hay más que tomar esta carta como un espejo para verlo.

Oh, ¿sabes qué cayó en mis manos el otro día? Un taco de ensayos y libros propagandísticos de alguien del que tu me hablaste hace tiempo, un tal Antonio Escohotado. ¿Te acuerdas de él? Sí, claro que sí. Cómo no te vas a acordar del que fue para ti una figura paterna más incluso que tu propio padre. Bueno, o al menos así deseaste que fuera. O que hubiese sido. El caso es que, al leerlo por primera vez, me dio la sensación de ya haberlo hecho antes. De algún modo lo hice porque tú ya me hablaste de todas sus ideas en el pasado.

En un escrito suyo leí que su trabajo es “demostrar que las drogas son espíritus neutrales. Y que somos nosotros los que, dependiendo de la persona y la ocasión, sacamos a las cosas de su neutralidad y las hacemos buenas o malas”. Lo que parece que no sabe es que desde el mismo momento en que se le da forma a una existencia, ésta ya jamás será neutra puesto que irá hacia una dirección u otra. Es como si siempre hubiera vivido en su terraza de Ibiza y no hubiera salido a la calle para comprobarlo.

Quizá es incapaz de ver desde su altar que no todo el mundo posee el autocontrol suficiente para manejar la pistola que dice que son las drogas y que por eso hay matanzas en colegios y sobredosis y comas etílicos en casas, calles y clubs. Debe ser por ese mismo motivo por el cual defiende el hecho de que drogas como la heroína o la cocaína deberían ser vendidas en farmacias sin receta, el LSD, las anfetaminas y el mdma en las universidades y la marihuana en los supermercados. Al fin y al cabo, Albert Hoffman, el inventor del ácido lisérgico, llegó hasta los 102 años dando paseos por Basilea hasta que finalmente caducara el año pasado, así que ¿Por qué no?

¿Sabes Miguel? Me sorprendieron mucho todas y cada unas de las afirmaciones de este gurú de los placeres farmacológicos y los paraísos artificiales. Es cómo si viviéramos en mundos distintos, que seguramente sea así, pero soy incapaz de comprender como es posible teorizar de forma tan aparentemente racional y coherente algo que yo, viéndolo cada semana en las calles, soy incapaz de comprender.

Ama la marihuana, por su exquisita lucidez depresiva, pero ¿te acuerdas de Edu? ¿O de David? A ellos también les cautivaba su poder y hoy en día son incapaces de resolver una operación de matemática básica. Son incapaces de articular palabra y que alguien les tome en serio. Escotado, gran víctima de su autoengaño que lo único que hace es fabricar cortinas de humo que oculten las cadenas de sus pies. Ensalza el 2C-B por ser tan afrodisíaco pero es contradictorio que lo diga alguien que, a estas alturas, tenga que recurrir al sildenafil para experimentar el orgasmo. Adora las benzodiazepinas porque sin ellas es complicado conciliar el sueño y gracias a las mismas le obligamos a llegar. Y por último bendice a la heroína porque gracias a ella consigue matar el miedo. Matar aquello que constituye un mecanismo se supervivencia y defensa desde el punto de vista biológico y un estado emocional necesario para la correcta adaptación del organismo al medio desde un punto de vista psicológico.

Cashing the dragon.

Pero aún tengo algo más qué decirte. Y no pretendo convencerte de nada, creo que ya lo hiciste tú sólo hace tiempo y cuando tendría que haberlo hecho ni me escuchabas, ni me veías. Lo que sí espero es que hayas dejado de creer que las drogas brindan a la condición humana más control y más capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida porque ese es el pensamiento más cobarde y estúpido que puedo imaginar, por mucho que lo diga tú admirado hippie eterno. Así mismo, confío en que, a diferencia de él, hayas dejado de fumar o que al menos consideres que tu vida vale la pena sin el tabaco.

Olvidaste todos los factores que influyeron en tus adicciones. Olvidaste tus propias circunstancias personales, olvidaste todo cuanto re rodeaba, a aquellos a los que les importabas y sobre todo, olvidaste las características de la droga en sí misma. Tu análisis parcial, centrándote únicamente en el factor físico o el de tu voluntad, hizo que todo aquello que leías y memorizabas te sirviera de justificación para un consumo que distaba mucho de poder ser considerado responsable. Hasta cuando no eras un adicto ya estabas hundiéndote por este motivo y cuando te diste cuenta ya fue demasiado tarde. Para entonces tu vulnerabilidad era absoluta.

“La razón para tomar drogas es para conocerte a ti mismo. Hay que tomarlas queriéndose a sí mismo, respetándose y, por supuesto, respetando a los demás”.

Una buena filosofía, desde luego. Si dijera yo estas palabras a las madres de Carlos, Manuel, Vanesa, Álvaro, Gema o Raúl, de los que seguro que ya ni te acuerdas, me escupirían a la cara. Una curiosa forma de quererse a uno mismo esnifando cocaína. Estoy seguro de que al atreverse al fin a mirarse en el espejo de los baños de aquella nave industrial durante aquella sesión electrónica y ver su cara demacrada y la sangre resbalando de su nariz se conocieron mucho mejor así mismos. Pero mejor no hablemos de respeto a las familias de todos ellos, mejor no lo hagamos.

En cualquier caso, no quiero seguir sermoneándote, pero aún así lo haré un poco más. Tú siempre te creíste al margen de la ingesta de química sin control. Tú experimentabas y viajabas por tu interior, conociéndote a ti mismo de verdad. La realidad adquiría una magia indescriptible que el resto, en su afán por la mera obtención de diversión, era incapaz de percibir. Tus ideas se aclaraban y tus problemas desaparecían.

Pero en realidad lo único que conseguiste es entregarte al poder que reveló la radical diferencia entre tu aspecto y tu propia interioridad. Te quitó la máscara y anuló tu voluntad. Hiciste tuyo el pensamiento de Escotado pero tú, a diferencia de él, no tienes ni idea de Hegel, Aristóteles o la Teoría del Caos. Tomaste como referencia vital a Huxley, pero ni si quiera eres capaz de comprenderle en realidad. Comparaste tu modo de vida con el de Bukowski, pero tu ni si quiera has escrito nunca nada. Comparaste tu forma de entender la vida con la de Kerouak, Nietzsche, Ginsberg, De Quincey o Jünger, pero no has leído sus obras en profundidad. Tú no eres como ellos ni lo serás nunca.

Pero sí que eres Miguel y lo que de verdad espero es que a partir de ahora descubras las verdaderas y más auténticas drogas de las que podemos disfrutar. Las drogas que tenemos dentro de nuestra cabeza y que son más poderosas que cualquier otra sustancia farmacológica. Espero que sientas con plenitud el sexo, que es la droga más irresistible y adictiva que se puede experimentar. Y sobre todo espero que utilices el poder de la droga más potente que existe en el mundo, y que es el pensamiento. Pero no el pensamiento inducido ni manipulado, sino tu propio pensamiento. Ese que te hace sentir orgulloso de ser quien eres y sobre todo que te permite saberlo. Ese que siempre tuviste dentro y que tanta admiración me causaba. Ese con el que eres capaz de llegar a donde te propongas.

Cuídate mucho y mucha suerte.

Javi JB.

3.2.09

El pirata

Hace poco, estando en Burgos con mi amiga Pat, al entrar en la habitación que constituyó mi “refugio” hasta los dieciocho años, ésta se fijó en uno de mis antiguos juguetes que todavía hoy descansa en una de las estanterías. Es un barco pirata de Playmobil, lleno de polvo y olvido y vacío de todos aquellos accesorios que en su día lo completaron.

- ¿Dónde están los piratas?

- Me temo que no lo sé.

Días después, me instó a cerrar los ojos y me depositó en las manos una pequeña figurita que resultó ser un pirata de Playmobil. Pañuelo azul, chaleco negro, cinturón dorado y unos vistosos pantalones rojos con rayas negras, raídos por encima de los tobillos. No le falta de nada; Tiene el carismático parche con el que todo bárbaro de los mares cubre su ojo tuerto, unos ostentosos aros colgando de sus orejas y un arma en cada mano: Una espada en la derecha y una pistola en la izquierda. Y por si esto fuera poco, custodia un cofre en cuyo interior hay un increíble tesoro compuesto por incontables doblones de oro.

De este modo logré transportarme tantos años atrás como las gaviotas surcan todavía hoy los Mares del Sur. Me contemplé a mi mismo sentado sobre la alfombra de aquella habitación recreando batallas encarnizadas en las que sólo los más osados lograban sobrevivir. Recordé a mi madre gritándome por ensuciar toda la habitación con los polvos de talco que hacía servir de humo y por apestar media casa con el olor del papel quemado que recreaba los motines más salvajes. Logré ver de nuevo las expresiones de unas pequeñas figuritas de escasa movilidad, que a pesar de sonreír siempre expresaron tanto odio como lealtad. Comprendí entonces que esa fue la forma en la que empecé a viajar, soñar e imaginar mundos tan alejados de mi percepción. Antes de interesarme por la lectura, la escritura y cualquier otra verdadera forma de creación, es así como construí mis propias historias y todavía hoy de vez en cuando me imagino a uno de esos pequeños muñecos de plástico corriendo aventuras en los lugares más insospechados.

Hace tres días, Hans Beck, padre de los Playmobil, falleció a los 79 años de edad. Ha llegado la hora de que este diseñador alemán descanse de una vez. Cuarenta años creando ilusiones en forma de clicks y superando la expectativa más optimista que pudo tener en su día, vendiendo más de 2.200 millones de figuras en todo el mundo y sobre todo figurando en la historia como el inventor del mejor juguete de todos los tiempos, junto a los Lego.

He escrito estas líneas a modo de humilde homenaje y agradecimiento a aquellas personas que me invitaron a soñar a través de los Playmobil. A Hans por crearlos, a mis padres por hacerme aquellos increibles regalos en forma de granja, barco o helicóptero y a Pat por devolverme de nuevo a aquel lejano lugar. Durante todo este tiempo el pirata no ha parado de mirarme. Y yo por supuesto, le he devuelto la sonrisa.

2.2.09

Es tiempo de palmaditas en la espalda

Qué frío hace, hay que ver. No acaba de venir el calorcillo de entretiempo. De hecho, aún siguen cayendo brillantes copos sobre los alféizares. Aquí estoy, en la mañana de este bonito día en la que es todavía mi casa, disfrutando del silencio y vestido únicamente con un pijama de algodón y mi bonita bata estampada. Abro la ventana para regar a mi pequeña planta Drosea y aspiro un aire helado que parece congelar mis pulmones en tan sólo un instante. Entonces miro al cielo, sonrío y cabeceo levemente mientras recuerdo el refrán popular que tanto gusta a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, ‘Año de nieves, año de bienes’…

Ayayay…Pero qué cosas tiene esta buena mujer. Eso sí que es tomarse con humor la época de posguerra…

Hija de la grandísima puta.

Así que nada, entonces es cuando cierro la ventana y me voy a ver el programa de Ana Rosa un rato. Poco más tengo que hacer ahora que estoy disfrutando de mis vacaciones indefinidas junto a mis tres millones de compañeros. Los que junto a todas las jubiladas de España conseguimos que cada año la sra. Quintana cobre más de cuatro millones de euros, por cierto. Y es que ni las pobres ancianitas ni los pobres paraditos tenemos otra cosa mejor que hacer. Las unas por la paupérrima pensión que no les llega ni para las propinas de los nietos y los otros debido a un sutil reajuste corporativo de plantilla. A efectos prácticos lo más apropiado sería comprar una recortada al gitano del barrio con el finiquito e ir de ministerio en ministerio y junta de accionistas en junta de accionistas dando matarile todos los responsables de este declive pero ya ves, además de nacer estrellados, hemos nacido gilipollas. Aquí no se levanta ni Dios. Más parados que el osito de Mimosín sentado en un sofá de velcro y nos da igual. Nos han metido en esto un atajo de sucios trajeados que pueden estar tirando una década con lo que ganaron en la burbuja y tienen guardado a buen recaudo en Suiza. A los que por cierto se la sudas tú y toda tu familia. Y aún así su coche sigue sin arder… pero no importa. Dicen los entendidos que para dentro de un año seguro que ya no hay crisis. Cuatro cosas les diría yo a ese atajo de incompetentes. Si un edificio se derrumba, pagan el arquitecto, el promotor y el jefe de obra. Si un enfermo se muere por negligencia, paga el médico y el anestesista, si hace falta. Sin embargo, si la economía se va al garete los economistas no pagan ni la factura de la comilona en el O’pazo.

En cualquier caso, no hemos de preocuparnos tanto, ¡hombre! Para eso se ha elegido a Obama presidente del Mundo. El salvador del universo ya está sentado en el Despacho Oval así que ya puede dejar de correr la sangre por la Franja y las calefacciones ya han de volver a funcionar en el norte de la Tierra. Es hora de que lo único que se oiga sea la encandiladora voz del casi Premio Nobel de la paz, el sr. Bono cantándole ‘congratulations’ al hawaiano, que seguro que aún está haciéndolo.

Así que ánimo, campeón. Plancha tu camisa blanca, enfúndate tu traje del H&M y dirígete con la cabeza bien alta a la empresa más cercana. Vienen tiempos de gloria y prosperidad y seguro que dan el curro tanto al pollo que tienes delante y que posee dos masteres y sabe cuatro idiomas como a ti. Es tiempo de que los unos se apiaden de los otros. Es tiempo de palmaditas en la espalda.

1.2.09

La libertad bajo llave

El neumático no pinchable está guardado bajo llave en alguna caja fuerte. Mientras tanto y por esa misma razón mueren al año miles de personas. Ya se inventaron las lavadoras irrompibles, pero ningún fabricante se atreve a ponerlas en el mercado. Hace ya tiempo que un tío creó unas medias que no sufren carreras, pero una importante marca de pantis compró la patente por un dineral con el único objeto de destruirla. El lobby del petróleo concentra todos sus esfuerzos en retrasar la expansión del coche eléctrico, de lo contrario estos automóviles ya estarían circulando por todas las calles; Mientras tanto la tasa de monóxido de carbono aumenta a un ritmo vertiginoso y esto provocará cientos de desastres naturales en los próximos cincuenta años. La pasta de dientes es un producto inútil ya que toda higiene dental radica en la mera acción de cepillárselos y el dentífrico solo sirve para refrescar el aliento. Los detergentes líquidos son intercambiables, en realidad la máquina efectúa toda la operación de lavado. Los cd’s se rayan tanto o más que los vinilos. El papel de aluminio está más contaminado que el amianto. La fórmula de las cremas solares no ha variado desde la segunda guerra mundial; Protege de los rayos UVB, pero no de los rayos UVA. Estamos condenados de todos modos al cáncer. De hecho si la gente pudiera vivir hasta los 150 años y no enfermara hasta esa edad, todos moriríamos de cáncer. Algún día todo el mundo morirá asesinado o de cáncer…

Lo más parecido a una sincera acción de bondad que parecemos conocer es la de que el imbécil de David Bisbal se corte el pelo en un videoclip para protestar por los 300.000 niños que combaten activamente en la lucha armada. Generación de Publicity y RSC a través de una estudiada campaña de Marketing. Todos ganan. Todos menos los niños muertos.

Nestlé realizó también numerosas campañas para distribuir leche en polvo entre los recién nacidos del Tercer Mundo. Esa acción supuso millones de muertos porque los padres la mezclaron con agua no potable. No tenían nada más a su alcance y nadie les dijo qué debían hacer, todo el presupuesto de comunicación se invirtió en publicidad en el Primer Mundo. Pero lo verdaderamente importante es que la multinacional tiene registrada parte de la palabra felicidad. Dentro de poco todos diremos “Qué Nestlé parecen estar los niños” cuando ojeemos un libro de la chiflada de Anne Geddes en la que salgan decenas de bebés disfrazados de insectos u hortalizas.

Cuando Pepsi se apropie del color azul, en cuya acción concentra todos sus esfuerzos, miraremos al cielo e instintivamente iremos a la nevera a refrescarnos con esa genial bebida con sabor a edulcorantes.

Bukowski tiene razón cuando dice que el capitalismo ha sobrevivido al comunismo y que ahora se devora así mismo. De hecho, todos hemos sobrevivido a los pecados de las anteriores generaciones y ahora los nuestros nos destruyen a nosotros. Mañana destruirán a nuestros hijos. Empleamos nuestra libertad de tal manera que renunciamos a ésta, ¿se puede considerarnos por ello menos esclavos? Lo más cerca que estaremos de ella es cuando la estemos buscando. Lástima que cuando estemos saboreando la verdadera esperanza de encontrarla, cuando la sintamos con las yemas de los dedos vendrá alguien que nos la quitará para meterla en una caja fuerte.

31.1.09

Su verdad y la nada

El contacto de su piel con la fría piedra de las paredes le hace estremecer. El corredor está totalmente en silencio. Sólo escucha tenues ecos que resuenan en su cabeza evocando melodías que sonaron una vez. La celda no huele a nada más que a humedad que huele a olvido. Hasta allí no llega ningún perfume conocido, traído de montañas o desiertos. Dentro de su boca seca descansa inerte su lengua agrietada. No sabe a pasta de dientes, fruta o cerveza. No sabe a nada. Así que se conforma con observar la oscuridad que inunda hasta el último rincón que alcanza su vista. Ya no busca nada puesto que no hay nada que encontrar. Ella, en su celda, hace lo mismo. Lo que hizo casi siempre. Está sentada y mira la vida pasar ante sus ojos. Aunque son tan profundos que aún no escondiendo nada detrás puedes nadar y ahogarte en ellos, conmovido por su inmensidad. Ya lo hizo alguna vez. Y ahora lo recuerda. Y también algunas instantáneas se pierden en su mente…

Momentos como la luz de un flexo reflejando en su sonrisa, su silueta apoyada en una pared próxima a un cruce de calles o una de las múltiples despedidas. Despedidas que en ocasiones eran dulces. En ocasiones amargas y a veces ambas cosas. Pero siempre se iba con el conocimiento de que cada una de ellas era un punto y a parte. Y a volver a empezar de nuevo. Una y otra vez. ¿Eligió fracasar? No. Fracasar es no haberlo intentado nunca. Y el arrepentimiento jamás ha de infectar al que hizo, sino al que dejó de hacer. Esto fue un error honesto. Le cautivó y vivieron el comienzo de la historia que nunca terminó. El final del réquiem que nunca empezó. Saben que no es verdad, pero prefieren creer en la “verdad”, como decía aquella canción.

Pero el ayer ya se hunde en un pozo dejado atrás, en una vida que no se supo aprovechar. No le pedía su sangre, tan sólo compartir momentos que nunca fueron vividos. Y ahora ya un solo sentido fluye a lo largo del corredor. Una suave brisa provocada por el último aliento, ese que intuye lo que podría haber sido y no fue. Y mientras ésta seca su sudor ambos continúan esperando. Pronto sólo quedará una mezcla de olvido y bonitos recuerdos. Cada uno en su celda, tan cerca pero tan lejos. Se miran una vez más a los ojos sin decir nada. Y a la vez diciendo buenas noches, buena suerte y hasta siempre. Es la resignación del reo que sabe cual será su final y hace tiempo que abandonó las fuerzas para seguir intentando fundir los barrotes que le separan de la nada. La nada. Y el todo.

25.1.09

El cauce de la discordia

Ya fui censurado en este host y aquí estoy, de nuevo comenzando uno nuevo sin saber muy bien porqué. No obstante y hasta que compre un dominio y tenga un rato para diseñar uno propio creo que servirá para volcar mi desahogo cada vez que necesite hacerlo.

En cualquier caso, en esta ocasión el título del mismo está inspirado en la mitología griega. Por ello, se compone de Eris y Stix formando la palabra inventada, Eristix.
Eris es la diosa de la discordia, de hecho, así se la conoce en la mitología romana. Esa que fomenta la guerra malvada y terrible. Un alud de crueldad que es detestada por todos los hombres pero que, debido a la voluntad de los inmortales dioses, pagan a la severa Discordia su deuda de honor. Maldita seas Eris, por engendrar a la pena, al olvido, al hambre, al dolor, a las disputas, a las batallas, a las matanzas, a las masacres, a los odios, a las mentiras, a la ambigüedad, al desorden, al juramento a la ruina y la insensatez. Hijos que están dentro de los hombres en cada uno de sus actos más humanos.

La leyenda más conocida protagonizada por Eris cuenta como inició la Guerra de Troya.
Todos los dioses y diosas y muchos mortales fueron invitados a la boda de Peleo y Tetis, que un tiempo después serían los padres de Aquiles. Todos los dioses menos Eris. Debido a su naturaleza problemática consideraron que lo más conveniente sería prescindir de su presencia y así ahorrarse posibles trifulcas. Pero se equivocaron. Eris apareció en la fiesta y consigo llevó una manzana dorada que se conocería como 'La Manzana de la Discordia'. En ella inscribió una palabra, 'kallisti', que quiere decir 'para la más bella'. Con maldad infinita, la arrojó entre las diosas y con ello provocó el desorden. Afrodita, Hera y Atenea querían esa manzana a toda costa y eso desencadenó una riña inevitable. Una era la mujer de Zeus y otra su hija así que encomendó la tarea de elegir a quien debía pertenecer la manzana a Paris, príncipe de Troya.
Entonces, todas ellas intentaron sobornarle, cada una con su mejor arma. Hera le ofreció poder político, Atenea le prometió destreza militar y Afrodita le tentó con la mujer más hermosa de la tierra, la deslumbrante Helena. Tras meditarlo detenidamente Paris acabó sucumbiendo al encanto de Afrodita y le concedió la manzana, raptando a Helena, esposa del espartano Melenao, y provocando la encarnizada Guerra de Troya.

Styx es la otra parte del nombre. La parte que nunca se detiene y ajena a cuanto le rodea. Concentrada unicamente en avanzar y seguir su curso. El Río del Juramento que perdurará por siempre, pase lo que pase. Aquel que fue el primero en apoyar a Zeus cuando éste estuvo en guerra contra los otros titanes y que luchó a su lado. Elogiada por los inmortales, Styx se trasladó al bajo mundo y a la que recurrió Iris cuando Zeus le ordenó que fuera a por un cántaro de agua.
Cualquier inmortal que vertiera las aguas de Styx e hiciera un juramento, sólo podría decir la verdad. En caso contrario, pasaría un año de penurias, sin ambroxía, néctar o aire.
Styx es el ama sobria y leal, cauce encargado de llevar los muertos al más allá y con él se irán mis pensamientos.

A aquel que caiga en este pozo, sea bienvenido a navegar por el cauce de la discordia.