Esto es sin duda alguna lo más idóneo que podría leer en este preciso instante. Ese fue mi pensamiento esta mañana mientras esperaba en la recepción de una agencia a ser entrevistado por el subdirector. La página era la siguiente:
«Contempló al marinerito encadenado a la pared, con grilletes. Era Timmy.
(…)
—Oh, sacadme de aquí... si tengo que seguir mucho más con estas asquerosas cadenas, me pondré a gritar.
—Oh, cállate, Nellie —replicó Dorian, abofeteando las rosadas mejillas de Timmy—. Sal de mi casa y vuelve a la calle, que es tu sitio.
—¡Oh! —gritó el marinero—. Cómo puedes decirme esas cosas tan terribles.
—Por favor —advirtió ignatius—. El movimiento no puede permitir el sabotaje de las luchas internas.
—Creí que me quedaba al menos un amigo —le dijo el marinero a Dorian—. Pero me equivocaba. Adelante. Si te da tanto placer eso, abofetéame otra vez.
—Ni siquiera te tocaría, putilla.
—Creo que ni un escritorzuelo a sueldo sería capaz de escribir un melodrama tan atroz —comentó Ignatius—. Basta ya, degenerado. Demostrad un poco de gusto y de decencia al menos.
—¡Abofetéame! —chilló el marinero—. Sé que te mueres de ganas de hacerlo. Te encantaría hacerme daño, ¿verdad?
—Al parecer, no se tranquilizará mientras no te avengas a causarle algún daño físico —dijo Ignatius a Dorian.
—Ni un dedo le pondría encima a esa perra.
—Bueno, tenemos que hacer algo para silenciarle. Mi válvula no aguantará más la neurosis de este marinero invertido. Tendremos que expulsarle cortésmente del movimiento. No se ajusta en él, sencillamente. Cualquiera puede olfatear el intenso aroma a masoquismo que exuda. Está inundando la zona de esclavos en este mismo instante. Además, parece bastante bebido.
—¿También tú me odias, verdad, monstruo grandote? —chilló el marinero a Ignatius.
Ignatius golpeó a Timmy sonoramente en la cabeza con el sable y el marinero emitió un gemidito.
—Dios sabe a qué repugnante fantasía se estará entregando —comentó Ignatius.
—Oh, pégale otra vez —dijo Dorian muy feliz—. ¡Qué divertido!
—Libradme de estas espantosas cadenas, por favor —suplicó el marinero—. Está manchándoseme de óxido mi traje de marinero.
Mientras Dorian abría los grilletes con una llave que sacó de encima de la puerta, Ignatius dijo:
—Sabéis, los grillos y las cadenas tienen funciones en la vida moderna que jamás debieron imaginar sus febriles inventores en una época más simple y antigua. Si yo fuera un constructor de casas lujosas, instalaría por lo menos un equipo de cadenas, fijadas en las paredes de todas las nuevas casas amarillas de ladrillo tipo rancho y de todos los chalets dúplex de Cabo Cod. Cuando los residentes se cansasen de la televisión y del ping pong o de lo que hiciesen en sus casitas, podrían encadenarse unos a otros un rato. Les encantaría a todos. Las esposas dirían: “mi marido me encadenó anoche. Fue maravilloso. ¿Te lo ha hecho a ti tu marido, últimamente?” los niños volverían corriendo del colegio a casa, a sus madres, que estarían esperándoles para encadenarles. Esto ayudaría a los niños a cultivar la imaginación, cosa que la televisión les veta. Y habría una reducción apreciable en el índice de delincuencia juvenil. Cuando el padre volviera del trabajo, la familia unida podría agarrarle y encadenarle por ser tan imbécil como para estar trabajando todo el día para mantenerles. A los parientes viejos y revoltosos podría encadenárseles a la puerta del coche. Sólo se les soltarían las manos una vez al mes para que pudieran firmar los cheques de la seguridad social. Las cadenas y los grilletes podrían asegurar una vida mejor para todos.»
La conjura de los necios, de John Kennedy Toole